41. Puta vida



Cuando logré llegar al hospital, después de patear mil calles a ritmo de galgo, El Alcaparra no era más que un cadáver tieso y fresquito.

Los profesionales del centro determinaron que la causa de su muerte fue debida a un exceso de fandangos, bulerías, alcohol en sangre y unas arterias obstruidas por el colesterol tras muchos años de mala alimentación.

Yo únicamente sabía que la patata de El Alcaparra se había detenido para siempre y otra vez me encontraba solo contra el mundo.

Es curioso, pues aunque yo había elegido esa forma de vida por mí mismo en un principio, después de haber dejado de ser un nómada errante para convertirme en un chatarreo sedentario, volver a las andadas iba a ser todo un reto para mí.

Según me comentó el matasanos - quien había rajado a mi compañero de fatigas para certificar que se había convertido en un fiambre -, debido a que en las bases de datos del hospital no constaba ningún familiar cercano del difunto, yo era la persona responsable del cadáver de mi querido amigo.

Aquel buen hombre me comentó que si rellenaba una serie de formularios y daba mi consentimiento, el cuerpo de El Alcaparra sería donado a la ciencia o serviría para alimentar a los perros policías de la comisaría más cercana. Aunque por un módico precio él podría mover los hilos necesarios para que me llevaran el cuerpo de aquel gitano tieso y, según él, lo tirase por el barranco más cercano...

Así que después de sacar el poco dinero que aún quedaba en mi cartilla de ahorros y entregárselo a aquel hijo de la gran ciencia, conseguí llegar a un acuerdo para que a las 9:00 a.m. del día siguiente el cuerpo de mi gitanillo me fuese entregado en la cabaña, para hacer con él lo que me saliese del nabo.

No sé si fue un buen acuerdo, ni siquiera sé si fue algo legal. Solamente sé que actué de aquella manera porque Juan Antonio merecía acabar de otra manera que no fuese ser devorado por una panda de perros antidroga.

42. Fuego



A las 8:30 a. m. del siguiente día, esperaba con mi mochila a cuestas que el cuerpo del Alcaparra me fuese entregado según lo acordado.

A las 8.45 a.m. un Seat Panda rosa llegó a la cabaña, portando en el maletero el cuerpo de mi gran amigo Juan Antonio, entre garrafas de gasolina vacías, un chaleco reflectante usado y envoltorios de comida rápida de hamburguesería "Maripili".

El conductor del vehículo depositó los restos del Alcaparra en el suelo con la suavidad con la que se maneja a un saco de patatas y, después de sacudir el maletero con cara de asco, sentenció:

- Aquí tienes a este hijoputa, don Ricardo me ha dicho que me darías propina, así que ya sabes, afloja guita y entierra el pastelito pronto que ya mismo hiede a perros muertos.

Ya sé que aquel joven únicamente cumplía con su trabajo, se podría decir que sólo era un "mandao", pero su propina fue una pedrada en la cabeza y un retrovisor roto mientras aceleraba viendo la que se le venía encima.

Sé que para él, el paquete que transportaba solamente era un fiambre más, pero lo que él no sabía es que aquel fiambre, había sido en vida mi maestro, compañero y familiar más allegado (después de la abuela Gladis).

Como no tenía pala para enterrar a mi querido Juan Antonio ni un duro en la cartilla para poder adquirir una nueva opté por la incineración.

Arrastré su cuerpo sin vida hasta la cabaña, con la ayuda de la yonki que tocaba la pandereta convulsivamente (de la que ya os hablé en capítulos anteriores y pasaba por allí para que la invitásemos a un cigarro) y encendí el hornillo de gas con en el que en días pasados calentábamos las latas de fabada, debajo del camastro en el que reposaban los restos de mi mentor.

Mientras veía como ardía lo que días antes había sido mi hogar, empecé un nuevo camino hacia ninguna parte, entre el sonido de las llamas devorando el cuerpo sin vida de Juan Antonio y la música que mi particular percusionista toxicómana creaba con sus espasmódicos movimientos de pandereta.

43.Caprichoso destino



Después de largo rato caminando, todavía podía divisar a lo lejos la espesa columna de humo negro que aunque oculta en su base por algunos edificios, indicaba el lugar exacto de aquel crematorio improvisado.

Vi pasar varios camiones de bomberos con sus sirenas activadas a todo volumen, gritándole al mundo que Juan Antonio había muerto.

Por mi parte sólo esperaba que cuando el incendio hubiese sido sofocado, El Alcaparra estuviese lo bastante churruscado para ser confundido con los restos de un viejo sofá. No me agradaba la idea de que su cuerpo hubiese sido encontrado por los bomberos y enterrado en cualquier agujero, en un ataúd sin nombre. Prefería que sus cenizas quedaran esparcidas para siempre en el lugar donde había vivido hasta sus últimos días.

De las siguientes semanas hay poco que destacar. Deambulé por los barrios de la periferia sumido en mis pensamientos como un alma en pena. Después de varios días durmiendo en portales o en plena calle, decidí que lo mejor sería partir al centro de la Capital y dejar atrás todos los malos recuerdos en el barrio del Pandero.

Así que puse rumbo hacia la ciudad a pie, pues andaba fatal de pasta: contaba con un par de billetes arrugados y algo de calderilla en mis bolsillos. Recuerdo que ansiaba a que llegara el día diez, en el que recibiría mi remuneración mensual por parte del estado.

En ese momento, el tener que andar hasta el centro con el cuerpo molido después de varios días deambulando como un zombi y sin descansar lo suficiente, me pareció una gran putada. Pero caprichoso el destino, hizo que al tomar aquella decisión me topara por casualidad con Elvira.

Cada acción (por insignificante que sea) tiene sus consecuencias.

Puedo aseguraros que jamás en mi vida pensé que caminar a pie pudiese tener una consecuencia como ella...

44. Elvira



Qué decir de Elvira, podría recitaros mil poemas de amor y no llegaría a acercarme a lo que sentí al verla.

Mi corazón se detuvo durante varios segundos y, cuando creía que sería víctima de una embolia, me di cuenta que no era un problema físico el que me aquejaba, simplemente acababa de recibir el primer flechazo amoroso de mi vida.

Fue algo curioso, pues el dolor que sentía por la pérdida de un buen amigo se evaporó casi al instante al ver aquellos ojazos verdes.

Vestía unas mallas agujereadas y una camiseta desteñida llena de imperdibles. Una gruesa argolla en su nariz le daba un toque macarra y a la vez la hacía tremendamente atractiva (por lo menos para mí).

No puedo asegurar si fue amor o unas indescriptibles ganas de follar (debidas a tantos años de virginidad y castidad no elegida) lo que me hicieron acercarme a ella. Le dije que aquel era un barrio peligroso, que si se había perdido o algo por el estilo. Ella me miró a los ojos y me dijo que no se asustaba de un barrio marginal pues en su vida ya había pateado más de uno. Sé que quedé como un subnormal en mi afán de hacerme el tipo duro, pero ya me gustaría veros a vosotros intentando entablar conversación con la persona que os atrae, ¡las cosas se ven muy fáciles desde fuera!

Era una punki despeinada que desbordaba belleza y descaro por los cuatro costados. Dispuesta a escupirle en la cara a cualquiera que se atreviese a tocarle los ovarios y empeñada en cambiar este mundo de mierda, si hacía falta por la fuerza; habitual en todo tipo de manifestaciones y protestas varias, siempre en primera fila por si hacía falta dar leña - según me dijo -.

Estado civil: soltera, aunque enamorada hasta la medula del tinto de cartón con coca cola y todo tipo de anfetaminas varias. Puede que no fuese la típica chica que haría feliz a tu vieja el día que decidieses llevarla a casa, pero para mí... Y mi cerebro enajenado... Era única.

Por lo que vi, pegaba carteles en las farolas buscando un batería para su grupo (se llamaba "Esnifando disolvente", en su momento los apodos de cantaores flamencos me llamaron la atención, pero nada que ver con los de los grupos de este tipo de género musical... Eso sí que era creatividad taleguera). Me dijo que el anterior percusionista se había fugado con una banda de rock cristiano a predicar la palabra de dios, pues había encontrado el camino de la iluminación (al poco tiempo descubrí que se había quedado conmigo, aquel tipo no se había fugado a ningún sitio, simplemente un exceso de LSD y absenta le había gratinado el cerebro y ahora estaba volviendo a aprender las vocales).

Le dije que la batería quizás no, pero que tocando el cajón y acompañando a las palmas era todo un maestro. Los dos nos miramos durante un rato y decidimos que lo mejor sería hacer una pequeña prueba, quizás después pudiésemos llegar a un acuerdo.

Fuimos hacia su "casa" para - según me dijo - realizar un casting exprés tipo programa cazatalentos. Ella tocaría su guitarra eléctrica y yo haría lo que pudiese con una caja de cervezas a modo de cajón flamenco o dando palmetazos como un imbécil. La verdad es que el casting, las palmas y la guitarra me importaban una mierda... Lo único que me interesaba en ese momento era estar junto aquella joven antisistema de la que me había colado hasta las trancas.

45. Hincando la porra



Elvira vivía en una caravana vieja, era un alma libre y no muy amiga del sedentarismo... Una nómada de la actualidad.

Le dije que yo tampoco tenía rumbo fijo, le conté algo sobre mi viaje y lo sucedido con el Alcaparra. Miró mi mochila entendiendo inmediatamente que todo lo que tenía viajaba conmigo...

Cogió su guitarra y enchufándola bruscamente a un amplificador del tamaño de una lavadora rasgo las cuerdas del instrumento con tal rabia, que el atronador sonido (que hizo vibrar las paredes de la caravana) debió de escucharse en un radio de al menos un kilómetro.

Vació una caja de madera que usaba a modo de baúl y me dijo que ahí tenía mi cajón flamenco... Y allí estábamos los dos haciendo un estruendo del copón mientras el vino con coca cola nos desinhibía y hacía que nos descojonáramos de aquella ridícula situación.

Después de un buen rato de "ensayo", llegamos a la conclusión de que aunque nuestra música sonara como una motosierra descuartizando a una vaca viva, de ahí podía salir algo bueno...

Fundaríamos un grupo de punk-rock aflamencado. "Vomitando bulerías" iba a ser su nombre. Nos cagaríamos en el sistema entre guitarreos desgarradores y sevillanas protesta... Hubiese sido genial...

No estoy seguro si la cantidad de tinto peleón ingerida ayudó en mi intento de cortejo, solamente sé que después de tanto ruido infernal acabamos rodando por el sucio suelo de la caravana uno encima del otro arrancándonos la ropa... Y sí, sucedió lo que tanto deseaba... Aquella chica me desvirgó sin compasión ni remordimiento y a mí me encantó....

Podría explicaros cómo sucedió todo, pero creo que entrar en detalles y secretos de alcoba no sería digno de un caballero como yo (además, aunque ella era bastante fiera en esto del sexo salvaje, yo era un gatito tembloroso... Así que dar detalles no me dejaría en muy buen lugar).

Después de dar rienda suelta a nuestra pasión y follar como animales en celo, mientras encendíamos el famoso "cigarrito de después" seguimos hablando sobre nosotros con la intención de conocernos un poco más.

Entre detalles sin importancia y preguntas varias, mis tripas rugían pidiendo sustento pues últimamente mi estómago sólo recibía alcohol y echaba de menos algo sólido que digerir. Elvira se dio cuenta de los gruñidos de mi barriga y me dijo que podíamos preparar algo de comer antes de que me desmallara.

Mientras se acercaba a la cocina me comentó que era vegetariana (entre Steven y ella ya había conocido a dos personas durante mi viaje con gustos culinarios no omnívoros, empezaba a plantearme seriamente que aquello era una nueva moda o algo por el estilo), pues estaba en contra de todo tipo de maltrato animal. Sentenció firmemente que jamás comía carne ni tan siquiera podría besar unos labios que habían rozado un trozo de carnuza sangrienta (había dado por hecho y no sé por qué, que compartíamos el mismo régimen alimenticio y no iba a ser yo el que lo desmintiera perdiendo así todo contacto carnal con aquella buena moza).

Me gustaba su pelo rosa, sus cicatrices, el olor de sus sobacos e incluso las maravillosas pelotillas que sacaba con mucha maña de su ombligo... Si eso no es amor... Que alguien me lo explique. Aunque sabía que aquello del vegetarianismo radical no me convencía mucho...