El Cabo Suelto de Dios
17
Hubo un silencio agónico entre aquellos hombres hasta que llegaron al hotel, en la habitación de Shalmed se encontraron todos excepto Hassan y Theodor, estos retenían a Hammed contra su voluntad en un coche alquilado por ellos el día antes.
Habían abandonado el vehículo de policía a unas manzanas del Foro Islámico trasladándose al viejo mercedes alquilado para moverse por Damasco, agradecerían infinito la falta de aparcamiento en el casco antiguo de la ciudad que los obligó a aparcar en una calle secundaria con apenas tráfico. De momento saldrían de la ciudad por orden de Shalmed.
Todo esto explicó a Albert y David una vez serenados en la lujosa habitación, debían interrogar a Hammed: ¿por qué el paquete contenía hojas con apuntes suyos y no el libro?, y lo que era más importante ¿dónde estaba el libro?
Tendrían que conseguir algún lugar apropiado donde pasaran inadvertidos y realizar tal tarea de forma correcta, un hotel no era lo más indicado y buscar un sitio en pleno campo al aire libre era demasiado arriesgado. Intentarían alquilar una casa en las afueras de Damasco durante lo que quedaba de día, así que Hammed pasaría el tiempo en el coche con Hassan y Theodor hasta encontrar la localización adecuada para tratar con él. Los tres hermanos salieron inmediatamente a recorrer la ciudad en busca de oficinas inmobiliarias o algo parecido donde encontrar lo que necesitaban y de acceso inmediato.
Lo que parecía algo difícil de solventar no lo fue tanto, debido al ascenso del turismo en Siria proliferaron instalaciones para todo tipo de turistas, la agencia Mediterranean Holidays Properties proporcionaba bungalows de lujo a cuarenta kilómetros de Damasco, eran casas individuales y lo más importante, de ocupación inmediata; Zacarias se encargó de visitar la casa con el encargado de la agencia y para las seis de la tarde y previo pago de dos semanas por adelantado tendrían a su disposición una lujosa vivienda de dos plantas, cinco habitaciones y piscina situada en una especie de oasis y que distaba trescientos metros de arboleda con la casa más próxima. Era el lugar adecuado. Acordaron de reunirse todos allí.
Hassan y Theodor llegarían una vez caída la noche resguardando de furtivas miradas a Hammed. El resto, tras abonar la cuenta del hotel, salieron en dos taxis, sobre las siete de la tarde se encontrarían con Zacarías en el chalet.
Los dos hermanos llegaron a las once y media de la noche, en medio de los dos un asustado Hammed, ya sin mordaza y sin esposas, entraba en el salón de la casa reconociendo a Albert de inmediato entre las seis personas que lo aguardaban.
- Se me hace duro de creer que el 'bueno' de Albert Bernstein participe en algo tan ilegal como el secuestro - dijo Hammed dirigiendo una mirada desafiante a Albert.
- Para ilegal, el asesinato, Hammed - respondió éste acordándose con rencor amargo de su relación pasada con aquel individuo, la muerte de su colaborador en la excavación de Egipto y la, parece ser, reciente desaparición de Abdul.
- Tú has sido el que me ha acusado esta mañana en el Foro, ¿asesino de quién y qué pruebas tienes de tal acusación, querido Albert?, ¿y quiénes son estos hombres? - profería en tono envalentonado Hammed que pensaba que Albert podría inmiscuirse en un secuestro pero nunca en un asesinato y hasta ese momento el temor por su vida había estado presente constantemente en compañía de esos dos oscuros y mudos hombres.
- Tú sabrás... y estos hombres son los que te buscan, yo sólo los acompaño.
Hammed iba a decir algo más pero la mano de Shalmed frente a su cara le disuadió; con la misma mano le invitaba a tomar asiento en uno de los sillones del amplio salón; unos sofás rodeaban una amplia mesa frente a una apagada chimenea, en éstos se acomodaron Shalmed, Albert y David, los hermanos quedaron en pie, dos de ellos por detrás del retenido quedando todo en disposición del interrogatorio.
- ¿Dónde está el libro? - preguntó el padre con calma.
- ¿Qué libro? No sé de qué me hablan - respondió, imaginaba que no podrían probar nada de su contacto con Tammick, éste le aseguró que nadie sabía de su visita.
- Señor Burkausi, nos consta que el señor Tammick nos robó el 'diario' de Jesús, que viajó hasta Paris y se lo entregó a usted; no sabemos del paradero de éste, pero usted regresó solo de Paris anunciando previamente un gran descubrimiento; podemos ponernos en contacto con la policía parisina y averiguar que saben ellos sobre el tema.
- Hágalo señor... - siguió desafiante Hammed, ahora sabía que no podrían probar nada, todo eran conjeturas.
- Mi nombre no importa, señor Burkausi, y no será necesario llamar a nadie si entra usted en razón; tiene hojas traducidas del mismo y no puedo andarme por las ramas en este asunto; veo que por mucho que insista en una forma verbal no llegaré a ninguna parte... - indicaba Shalmed.
- Me van a torturar ¿quizás?
- De ninguna manera, señor, va en contra de nuestros principios y nuestras leyes; usted ha tenido el libro en sus manos, lo ha ojeado - decía Shalmed que en ese momento miró a uno de sus hijos; el cual, cogiendo del brazo a Hammed, lo hizo pasar a una habitación contigua entrando sólo los tres.
Albert y David se miraron interrogantes.
Una vez dentro y sin que nadie más los escuchara le dijo: tocó usted las manchas que se encuentran en la última página del libro, supongo - en ese instante Zeb colocó a Hammed delante de un gran espejo que en esa habitación era la puerta de armario - le voy a mostrar su muerte; quien toca la sangre de Cristo y es de corazón impuro perecerá de vejez prematura.
Hammed palideció al verse reflejado en el espejo y ver un pelo canoso desconocido para él y unas profundas arrugas marcadas en la frente y los ojos, parecía tener diez años más que el día anterior, estaba envejeciendo, era viejo.
- Yo tengo el antídoto - dijo Shalmed.
- Se lo envié a mi hermano Dralic - el pánico moldeaba sus palabras - en Uzbekistan. Montañas del Chash, no sé exactamente donde; el contacto es una pequeña tienda de Denov, mi hermano dirige un campo de entrenamiento militar allí, por favor cúreme, cúreme.
- ¿Cómo se llama ese campo? - preguntaba tranquilo Shalmed.
- No... no es un campo de entrenamiento normal, entrenan terroristas, pertenece al Frente de Liberación Islámica, no sé más, ...la tienda..., sí, la tienda del viejo Mulaini, Esaben Mulaini.
- ¿Y envió usted algo tan valioso a un contacto?
- Es seguro, no es la primera vez que envío algo a mi hermano, siempre le ha llegado bien, ¿por qué no iba a llegar este paquete?, para todos sería un correo más; allí es donde más seguro guardaría el libro, suponía que irían tras él y no se me ocurrió mejor lugar para su custodia; le indico en una carta adjunta que es un libro muy valioso y que lo guarde hasta que yo vaya a recogerlo. El correo sólo funciona en un sentido - explicaba entrecortadamente - cúreme, ya le he dicho todo lo que querían saber, ahora cúreme.
- No existe antídoto contra la voluntad de Dios, lo siento señor Burkausi, no podemos poner en peligro la recuperación del libro, esperará su desenlace aquí - le comunicó con cierto pesar; mientras, Hammed se derrumbaba a sus pies implorando, llorando.
Zeb sacó un pañuelo y mojándolo de algo que traía en un pequeño frasco verde durmió al desdichado y lo acostó en la cama que tenía la habitación. Zeb se quedó con él.
Shalmed salió de nuevo al salón, todos los hermanos conocían ya los resultados del interrogatorio pero no así Albert y David que inmediatamente preguntaron por lo ocurrido en la habitación. El padre así lo hizo omitiendo el modo de persuasión empleado y relatando sólo sus resultados; antes las preguntas de cómo lo hizo hablar divagó sobre sus privilegios, con lo que los dos amigos quedaron satisfechos pues hacía tiempo que no se cuestionaban los extraños poderes de aquellos hombres.
- Conocí a Dralic Burkausi en El Cairo - indicó Albert - en una visita de éste a las excavaciones cuando trabajábamos juntos; era un fanático religioso, extremista militante, se vanagloriaba de ello ante su hermano; creo que en aquella época ya pertenecía a alguna sección militar terrorista islámica, me pareció un hombre duro e inteligente; Shalmed, no creo que pueda traducir nada del libro, así que por ese lado podemos estar tranquilos pero sí me temo que resultará difícil arrebatárselo considerando quien es y donde está.
- Ya veremos Albert, ya veremos, no queda más remedio; partiremos para Uzbekistán lo más pronto posible - sentenció.
