El Cabo Suelto de Dios
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Se llegó a su hora, algo era como debía ser. Durante el primer vuelo Damasco-Teherán de aquel viernes no se produjo incidente alguno que retrasara la llegada prevista para las once y media de la mañana.
Ahora se enfrentarían al mayor temor de los dos profesores: la aduana iraní. El paso por el control de entrada del Mehrabad International Airport no supuso más problema que el de mantener la naturalidad en la cola de espera cuyo principio eran dos policías vestidos con desaliñados uniformes caqui y cara de malas pulgas.
Primero pasaría Shalmed, luego Zeb, a continuación los dos amigos y finalmente Theodor. El caso es que la sonrisa no se borró del rostro de los policías mientras pasaban los cincos. Sellaban diligentemente los documentos de cada uno; e incluso a David le pareció ver una pequeña reverencia con la cabeza en uno de ellos hacia Shalmed. No se podía creer que los hombres del desierto pasaran por allí con tanta naturalidad. Su sorpresa aún fue más grande cuando comprobó que lo que le estaban sellando a Zeb era un folleto de publicidad del hotel donde se habían alojado la noche antes. Se sintió importante, como parte de un grupo de superhéroes invencible. Aunque tuvo que tragar saliva cuando se encontró cara a cara con su policía de tez morena, grandes bigotes, ojos penetrantes y cara de pocos amigos; Theodor, detrás suyo, le puso la mano en el hombro y el policía sonrió como si estuviera viendo a su nieto. Le selló los papeles y... ¡le guiñó un ojo!; aquel camionero metido a policía le había guiñado el ojo a David que se asustó y sólo pudo sonreír. El que sonreía, y de lo lindo, era Theodor.
Para finalizar se dirigieron a recoger su equipaje examinado en unas mesas paralelas a por donde pasaban como si de una mesa de autopsias se tratara; una gran bolsa de piel de vaca por hombre del desierto y una maleta mediana por profesor, lo imprescindible para dos semanas en lo que a camisa y muda se refiere.
Albert había contactado con la universidad días antes y pactado vacaciones prematuras por asuntos propios y en principio se reservó tres semanas. David no se preocupó lo más mínimo por el tema, disponía aún de esas tres semanas y si aquello se alargaba ya lo vería sobre la marcha; su edificio en la universidad de Granada, junto con otros, se encontraba de reformas de urgencias por un movimiento de tierras, ajustaron sus vacaciones a la duración de las mismas, ello implicaba que tendría que trabajar en verano pues deberían alargar ese curso, cosa que a David ni le gustaba ni le disgustaba; en Granada, y por extensión en Andalucía, cualquier tiempo es válido.
Y se iba a alargar, Shalmed les dio la noticia a los dos profesores: los vuelos hacia Uzbekistán son muy pocos y la compañía que los cubría se enfrentaba a graves problemas laborales reduciendo el número de estos drásticamente. Imposible volar hacia la capital de Uzbekistán al menos en una semana. Todos pensaron que la causa del problema era la misma en Damasco.
Comunicó a sus amigos hebreos que Hassan y Salim los esperaban ya en la terminal del aeropuerto con una grande y vieja furgoneta adquiridas horas antes en un dudoso alquiler de coches de las afueras de la ciudad; hasta ahora alquilar coches para moverse en ciudad les había dado buenos resultados tanto en Tel-Aviv como en Damasco, la devolución de los mismos resultaba sencilla en las dependencias que toda agencia suele tener en los aeropuertos; ahora debido a la finalidad destinada optaron por comprar directamente su transporte; no les resultó difícil adquirir a base de dólares americanos una vieja furgoneta de diez plazas que parecía estar en buen estado, necesitaban de las llaves sin papeleos y su antiguo dueño no desdeñó el importe de tres furgonetas pagado por los dos hermanos.
Según la información que estos pudieron obtener el trayecto a Denov estaba medianamente asfaltado, en su gran mayoría éste era surrealista, les indicaron que esperaran baches donde cabría la furgoneta; alrededor de dos mil kilómetros de Teherán hacia el Este por una carretera de mala muerte; seiscientos kilómetros al día sería un sueño. La distancia con las Montañas del Chash, al norte de Denov, la recorrerían con animales. De esta última travesía quedarían exentos Albert y David.
Y así se lo comunicó Shalmed a los dos amigos:
- Atendiendo a su ayuda prestada sería una desconsideración por mi parte el no haberles permitido venir con nosotros a Irán, adivino que en sus mentes no querrían otra cosa pero supondrán que no estoy dispuesto a poner en peligro sus vidas. De hecho, el camino hasta Denov es peligroso de entrada. Llegará el momento en que no consentiré su compañía tratándose del lugar donde suponemos está el libro, no sabemos lo que nos deparará la localización de Dralic pero imagino que si debemos abordar de una manera u otra el campamento, ustedes tendrán que esperar el desenlace en Denov, les dejaremos dinero para que no tengan problemas con la vuelta en el caso de nuestra falta prolongada.
- Sí, ya - respondió Albert ante el retórico razonamiento de Shalmed, indudablemente ellos querían acompañar a la particular familia y conocer 'in situ' el desenlace de esta aventura que les estaba ocurriendo gracias al anticuario Joseph; habían servido de gran ayuda a Shalmed y aún podrían serles útiles; si bien se les había pasado por la cabeza el asalto al campamento de terroristas, la posibilidad de ello ciertamente les asustaba, aparte de no encontrarse ni física ni mentalmente preparados para ello. Pero para aquellos hombres la posibilidad del miedo era aplastaba por el hecho de su responsabilidad, además ellos poseían 'privilegios'.
Les quedaban por delante tres o cuatro días de carretera polvorienta y llena de baches, y la furgoneta parecía indicar que aguantaría el camino malo así que todo lo que restaba por hacer era iniciarlo. Dralic Burkausi les esperaba al final.
Hammed era un hombre previsor e inteligente, una vez instalado en la casa de su amigo días antes de la presentación en el Foro, resolvió poner a buen recaudo el libro y someterlo a investigación posteriormente en lugar seguro; se puso en contacto con su mano derecha en el Foro, Mohamed Esab que le sirvió de correo; Mohamed perpetraba las mismas ideas fundamentalistas y había compartido armas con su hermano, era un hombre de total confianza y contaba con salvoconducto en Irán y países colindantes; conocía los contactos y la forma de llegar a Dralic; en manos de este hombre puso Hammed el libro de Jesús; partió para Irán el miércoles de la presentación, Dralic tenía en su poder el libro pocos días después, aquí éstos viajaban por la vía rápida. Sin papeleos y con los contactos preparados para allanar el camino. Como la valija diplomática.
Dralic Burkausi era un hombre alto y delgado, de facciones marcadamente árabes, nariz aguileña y espesa barba negra, de tez oscura y ojos negros siempre desafiantes. Al igual que Hammed sus ideas provenían de familia y su paso testimonial por la universidad únicamente radicalizaría su postura; comprometido con el Frente de Liberación de Palestina llegó a ser un activista destacado escalando puestos en la jerarquía de la militancia extremista; en perpetua guerra santa contra Israel planeó una docena de sangrientos ataques durante la primera Intifada palestina; debido a la dilatada experiencia que conllevan los años, se encargaba en estos momentos de dirigir el campo de entrenamiento con grado de algo parecido a comandante entre los terroristas, era el que mandaba. A este hombre deberían enfrentarse los hombres del desierto, a él y al centenar de armados fanáticos religiosos bajo sus órdenes.
Dralic recibió con gran alegría a su amigo Mohamed y aceptó con desasosiego la custodia de aquel oscuro libro cuando leyó la nota que su hermano acompañaba:
"Dralic protege este libro, es un valioso y delicado tesoro. No dudo que lo buscan, en tus manos estará seguro, no difundas su existencia; me pondré en contacto contigo, iré a verte. Alá es Grande."
Y firmado por Hammed al final del párrafo. Le extrañaba este proceder de su hermano; así que, utilizando los equipos de telefonía por satélite de que disponía, intentó localizarle llamando a su casa y al Foro, pero una vez por no descolgar a la llamada y las demás por errores de comunicación no pudo contactar con él. El hecho del secretismo exigido por Hammed y la participación de terceros augurada en su nota puso en guardia a Dralic.
Abrió el paquete y con cuidado lo ojeó, su hermano le indicaba claramente de su delicadeza. Al momento comprobó por encima que no entendía nada de lo allí escrito, supuso que sería un libro antiguo de gran valor pues su hermano lo nombraba de tesoro y él sabía que la gente mataba por los tesoros. Con él, el libro estaba a salvo, pues si los israelitas con su servicio de inteligencia, no habían logrado localizar su campamento móvil de entrenamiento, dudaba que ningún arqueólogo metido a mafioso lo lograra y si eso ocurría, otra cosa sería el arrebatárselo.
Le preocupaba su hermano ya que éste no se encontraba allí, por ello cuando miró al libro que puso encima de la mesa de su tienda cierto mal presentimiento le pellizcó el estómago; no le gustaba la forma en que aquel libro había llegado a su poder ni su color negro de años.
Lo guardó en un pequeño arca que le servía de mesita de noche, donde ponía la vela y apoyaba el Kalashnikov.
