El Cabo Suelto de Dios

27

No perdieron puntada los dos amigos. Se miraron y miraron a Shalmed, que desechaba la copa donde habían bebido y cogía una nueva llenándola. No sabían si debían hablar o no, esperaban observando a los demás y admirando sus túnicas; Eran conscientes del material que custodiaban los hombres del desierto y no pudieron pensar - serán o no serán -, 'lo mismo llevo puesta la túnica de algún apóstol '- se sonreía David - 'cosa improbable que Shalmed viaje con esas reliquias' - pensaba Albert. 'serán copias para su uso'. Pero ninguno preguntaba. Sólo pensaba lo que se les avecinaba; eran las nueve de la noche y esos hombres siempre se habían acostado tarde, muy bien podrían estar hablando cinco horas seguidas y al pensarlo los amigos sonrieron. Además no hubo tiempo de más. Shalmed había bebido y había pasado la copa a Salim. Para sorpresa de los amigos Theodor empezó a hablar.

Tolomeo sigue - dijo con voz suave, relajada.

¿Cómo pudo mandar ese trabajo a Judas?, me pregunto. Intuyo que en el viaje que hicimos juntos éste ya sabía del encargo de Jesús, de ahí su tristeza y pesadumbre. Era el más sensible de todos, el más vivaracho y servicial, era el menos indicado;... quizás fuera por amor. Judas le quería pero no como los demás, Judas le amaba como hombre; Jesús le correspondió poniendo su vida en sus manos, ¿en quién mejor?

No calculó bien el alcance de este amor que llevó a Judas a quitarse la vida. El remordimiento estalló en locura por la entrega del ser amado. La señal no podía ser otra, tenía que ser un beso.

Entonces uno a uno los fue abrazando, todos rompían a llorar cuando les llegaba el turno, el que más lloraba era Pedro, cuando hubo acabado con todos me miró y salió por la puerta; era una señal, a mí no me había abrazado. Todos se quedaron sollozando y hablando entre ellos.

Yo salí de la habitación sin que se dieran cuenta.

Magdalena me dijo dónde estaba: en el huerto que había detrás de la casa. Me llevó hasta allí.

Logré verlo y hablar con él momentos antes de entregarse a la hora sin retorno; lo encontré de espaldas a mí, de rodillas e inclinado hacia delante, sin levantar la cabeza ni verme me dijo:

- ¿Me traes la tentación del abandono?, Tolomeo.

- ¿Me das opción?

- No la hay, el Hombre se hace Dios, ante el Ojo de Dios y a ojos de los Hombres, sin su ayuda ni consentimiento.

- Todo se desenmascarará cuando tú no estés, ¿no comprendes que esto es inútil?, ¿que tu muerte no servirá para nada?

- Confío en ti mi ser ¿sabrás guardarlo en infinita custodia?

Diciendo esto alargó la mano y me dio un trozo de pergamino en el que acababa de escribir con el último aliento de su vida, luego creo que ya se sintió muerto. Fue cuando me di cuenta que varias gotas de sangre corrían por sus sienes y cara, los ojos enfundados en lágrimas derramaban el salado líquido por sus mejillas; acababa de estar llorando con tal fuerza e intensidad que se clavó las uñas de las manos en las sienes hasta hacerlas sangrar.

En días siguientes lo vería sangrar bastante más. No quiso hablar más conmigo, su deferencia y respeto hacia mí hablaba en sus actos; tras limpiarse las lágrimas y ya con voz de mando empezó a llamar a sus hombres. Se quitó la túnica y me la dio, debajo de ésta llevaba ropas normales de apariencia harapienta. Casi de inmediato una multitud se acercó, el Iscariote venía con ellos; besó a Jesús y entraron en armas, sólo un hombre de Jesús desenvainó la espada pues el acuerdo era la entrega sin violencia. El verse atacados con espadas y palos los puso en guardia y por instinto Pedro contraatacó; Jesús lo paró y viendo el arañazo que le provocó a su adversario entre la oreja derecha y el ojo, cogió su pañuelo y se lo puso sobre la sien, con esto detuvo la refriega y aprovechaba para si el envite. Se fue con el grupo.

No pude ver más sus ojos en los míos.

Palabra de Tolomeo

Tolomeo intentaría un último recurso con Pilatos, como os contó mi padre, y seguiría la pasión de Cristo hasta el final, todo ello nos lo relata en su libro Verdad dentro de "Dolor, Muerte y Vida", el cual también custodiamos y es pieza fundamental de nuestra doctrina.

Todo esto lo relató Theodor de memoria, pues era deber de los custodios de los libros sagrados el saberse de memoria todos ellos. En el relato del encuentro entre Jesús y Tolomeo, Theodor no pudo reprimir sus lágrimas cuando decía la frase sobre el encargo de la custodia de sus escritos por el propio Jesús. Nunca antes en dos mil años uno de los libros sagrados había estado en manos de alguien que no fuera su familia y ahora bajo su vigilancia el más sagrado de ellos estaba en manos extrañas; y lo que es más grave, haber provocado ya la muerte de cientos de personas y la posible desaparición de la vida sobre la Tierra; opción que aún se encontraba abierta. Esa era la sensación que se escuchaba en el silencio en que el grupo se sumergió cuando Theodor dejó de hablar;

Llenaron la tercera copa que el hostelero había subido.

Entonces Hassan empezó a hablar

- Así dice Tolomeo:

- Vamos al palacio de Anás - le dije alterado a Pedro - lo llevaran allí, Jesús lo dijo, detrás de todo esto está Anás, el suegro de Caifás.

- Pero no has escuchado a Jesús, el plan es dejar hacer. - me explicaba Pedro.

- ¿Crees que voy a dejar que maten a Jesús? - si eso crees, estás más loco que él - le dije - conozco personalmente a Anás, estudiamos juntos en el pasado. Hablaré con él. No puede convocar al Sanedrín hasta la hora del sacrificio matutino del templo, tenemos hasta las tres de la mañana.

Juan nos escuchó y también venía con nosotros. Pedro dudaba pero se resistía a la idea de la muerte de Jesús. Nos dirigimos a caballo hacia el monte Oliveto, el palacio de Anás no se encontraba lejos. Había luces encendidas y un ajetreo impropio de la hora nocturna que acontecía. Todo apuntaba a que allí se encontraba Jesús.

La puerta estaba llena de soldados romanos en descanso, alguno se encontraba sentado, incluso tumbado. Había mucho vaivén de personas por el lugar, Pedro se quedó allí mismo, no le gustaban los romanos; Juan que era sólo un muchacho, se sentó, sacó su navaja y se puso a esculpir alguna figura en un trozo de rama, le daba cuchilladas al palo; esperaron ansiosos en el portón de entrada a la finca.

Las puertas del palacio se encontraban abiertas de par en par y todas las lámparas estaban encendidas, entré sin ser molestado hasta el recibidor, una sala lujosamente decorada, aquí me detuvieron dos criados de la casa increpándome a que me identificara, en ese momento el mayordomo jefe pasó por allí proveniente de otra sala contigua a donde se encontraban. Éste me reconoció como amigo y compañero de Anás, no en vano había estado allí muchas veces. Se dirigió hacia mí y me dijo seriamente:

- ¿Tolomeo?, ¿Tolomeo de Bari?,... ¿Qué hace usted aquí? - pregunto con voz alterada.

- Busco a Anás - le dije.

- No está disponible en este momento, ¿por qué no vuelve mañana?

- Es referente a Jesús.

Cambió el rostro, de sólo serio a serio extrañado.

- ¿Cómo sabe que está aquí?

- Eso no importa, tengo información sobre él y debo dársela a Anás -dije.

Aquel hombre pensaría que yo jugaba en su bando; si me encontraba allí justo ahora no podía ser de otra manera. Para él yo era amigo de Anás.

-Espere en aquella habitación, lo llamaré; ahora está interrogando a Jesús, esperaré a que termine. Yo voy para allá y le daré el recado.

Entró donde yo aguardaba impaciente; se mostraba sensiblemente alterado y confundido. Tenía grandes barbas blancas y vestía con túnica también blanca. Estaba gordo como todos los que rodeaban el Sanedrín. Era rico por los ingresos del templo.

Me saludó con una sonrisa forzada, alterada; estaba muy nervioso.

- Dice mi mayordomo que tienes noticias de Jesús, ¿de qué clase? - iba al grano.

- En contra de tus intereses - le contesté.

- ¿De mis intereses? - me preguntó en guardia.

- Esto es una locura, debes pararlo inmediatamente, tú me conoces créeme cuando te digo que Jesús está loco.

- Ya lo sé, pero es un loco muy peligroso; pone en peligro al país, al Sanedrín, lo desestabiliza con sus enseñanzas, perdemos autoridad. Y tiene la cabeza muy dura. Le ofrezco la posibilidad de retractarse de sus palabras y ni siquiera se inmuta; sólo eso, que se retracte y vuelva a Galilea. Debe ser juzgado.

- Dirás que debe ser ejecutado ¿no? - le increpé.

- Si es necesario sí. Además parece que quiera eso precisamente. No contesta a ninguna de mis preguntas y si lo hace es para insultarme y dejarme en ridículo delante de los demás. No soporto a este hombre. Se proclama El Mesías. Es blasfemia. Si no se retracta morirá.

Yo sabía que Jesús no se iba a retractar y que Anás tampoco lo haría.

- No sé qué te une a Jesús - me dijo - pero desde el Sanedrín acabaremos con él, de una manera u otra, tenlo presente; ahora debo seguir con el interrogatorio. Si te interesa lo mandaré a Caifás dentro de un rato; pero te aviso, no intentes nada con él; odia a Jesús más que yo.

Y se fue por donde había venido.

No terminaba de creérmelo, proclamarse el Mesías no constituye suficiente delito para la acusación de blasfemia, si hubiera proclamado que era Dios mismo, entonces sí estaría justificada esta acusación. Aquí había algo más y entonces lo vi claro; si el dinero de los fieles adinerados, el bueno, estaba en manos de Jesús no estaba en el templo; y si no estaba en el templo no estaba en los bolsillos del consejo del Sanedrín. Anás sabía de las donaciones que los ricos le hacían a Jesús por sus visitas y este dinero faltaba en sus arcas, y era mucho.

Salí del palacio; los gallos empezaban a cantar.

Busque a Pedro y Juan donde los había dejado. Los encontré, Pedro se atrevió a entrar por mediación de una conocida de Juan y había vuelto a salir.

- Por tu culpa he tenido que negar a Jesús tres o cuatro veces, todo el mundo me relaciona con él y me increpa. Esto es una imprudencia, nos estamos poniendo en un peligro innecesario, debemos regresar - me dijo.

Asentí con la cabeza

- Pero antes esperemos a que salga, lo llevaran a Caifás, el Sanedrín lo espera; podremos verle. Jesús está sentenciado - les comuniqué.

Me miraron y brotaron lágrimas de sus ojos. En ese momento Jesús salió del palacio, iba custodiado por los alguaciles del templo. Al pasar a nuestro lado Pedro, se adelantó hacia él, los dos se miraron; no había ningún resquicio de arrepentimiento ni temor en su mirada. Al revés, amor y complacencia. No hubo tiempo para más.

Cuando íbamos a por los caballos observé que el Iscariote nos seguía.

De esta forma, aquella mañana del miércoles, Jesús se encaminaba hacia su primer juicio ante el Sanedrín; se comportaría exactamente de la misma manera que lo había hecho con Anás; contestaría con la misma irreverencia a Caifás que a su suegro; se ganaría el odio de los treinta miembros del Sanedrín y se aseguraría ir a Poncio Pilatos. Esta etapa de la segunda fase de su plan era la más fácil; ya desde joven le rondaba este enfrentamiento y sabía sobradamente como elegir sus palabras. Sería arrogante para vencer a la arrogancia del Sanedrín y en especial de Caifás. En el dialecto, Caifás no podría con él.

No pude acceder a aquellas sesiones, después del primer juicio pasaría la noche en los calabozos del templo. El segundo juicio se celebraría al día siguiente como marca la Ley.

No querían que ninguna irregularidad en el trámite diese al trasto con su objetivo de acabar con Jesús. Nada donde Pilatos se pudiera agarrar para no mandar ejecutar a Jesús.

Y en ese segundo juicio estuvo Judas Iscariote. Él estuvo en la Cámara de Piedra Tallada del Templo junto a Jesús. Debería declarar en contra de Jesús por orden de éste. Era deseo expreso de Jesús; podría no haberlo hecho y haber contado toda la verdad en aquel momento; Judas podría haber contado la historia de las farsas, pero entonces caerían todos. Sería su testimonio el que lo ejecutaría. Jesús lo miraba y le inspiraba confianza. Corroboró todas las acusaciones que el Sanedrín vertió sobre Jesús. Aquel sería el trago más amargo que hubo de pasar en su vida, incluso más que cuando la cuerda le quemaba el cuello.

Allí trató de devolver el dinero que le habían pagado por su entrega y que cogió por orden de Jesús; era lógico que un traidor cobrara por sus servicios. Los sacerdotes le devolvieron las monedas arrojándolas al suelo, aquello adelantó su propósito; no podía soportar más aquel sufrimiento ni tampoco soportar el pensamiento del que le sería infringido a su ser amado. Buscó un árbol apropiado y se ahorcó.

Sabíamos que no podríamos acceder a Jesús estando en el templo, Jesús sería llevado ante Poncio Pilatos, estuve esperando en la puerta con Juan. Los demás se habían marchado para poner en práctica la orden de Jesús; entre otras, la de recopilar todas las pruebas y empaquetarlas para que yo me las pudiera llevar. Sólo Juan se quedó conmigo, la figura paterna de Jesús era lo que más atraía a aquel muchacho; pudo haber sido para Jesús lo que Jesús fue para mí. Era alto, atractivo y complaciente. Pelo moreno cortado y sin barba. Pasamos el rato hablando del Nazareno, del que me contaba mil anécdotas que les habían acontecido en sus aventuras. Como una vez, cuando Jesús le intentó espantar a tres rameras que a causa de la flojera del negocio y lo atractivo del muchacho se dedicaron a meterse con él, haciéndole ver de manera bastante gráfica el buen rato que le harían pasar gratis las tres juntas; esto lo avergonzó sobremanera y como Jesús les dijo con talante serio y educado - yo predico 'dejad que los niños se acerquen a mi' en ningún caso que se acerquen a vosotras. - 'Pues entonces acércate tú' - le contestaron - y empezaron a dirigir su gestos obscenos hacia él. Se tuvieron que marchar de allí, decía riéndose el bueno de Juan, al momento calló y la tristeza invadió su rostro.

Al poco rato un carro cubierto salía a toda prisa del templo; Jesús iba en él y pasó raudo por delante de nosotros. No pudimos verle, se dirigía al palacio de Poncio Pilatos.

Los seguimos con los caballos; sería en vano pues la carreta entró directamente en el palacio de Poncio Pilatos y allí se acabó nuestra pista.

No salieron por donde entraron; después me enteré de que lo llevaron a Herodes, Pilatos le daba una segunda oportunidad. Como decía Jesús, lo que ocurriría con Pilatos era impredecible.

Prefecto romano de Judea, se le tilda de cruel; no más que cualquier otro romano invasor, creo yo; el orden se mantiene con mano dura y esto lo sabían los romanos y lo sabía Pilatos. Estaba en una región dura con gente correosa y debía mantener la paz romana; en perpetuo conflicto armado y religioso, no sabría asegurar cuál de los dos era más peligroso. El Sanedrín quería la muerte de ese hombre por una razón u otra y esgrimían un argumento completamente estúpido para su entender, yo pienso que Pilatos querría mantener la fama de la justicia romana intacta. Querría pruebas más contundentes en su contra. Después supe que el Sanedrín uso a Simón Zelote y acusó a Jesús de mantener entre sus filas un elemento de los grupos subversivos contra Roma, aquello tampoco bastaba.

Se intentó quitar el problema del medio mandándolo a Herodes Antipas, el Rey de los Judíos, al que no le gustaba especialmente que Jesús fuera por ahí proclamándose eso mismo, pero lo veía como a un infeliz del que se burló; se lo devolvió a Pilatos al otro día, la mañana del Viernes. El día de la muerte de Jesús.

Nosotros pasamos las noches en casa de unos amigos de Juan. No sabíamos de los acontecimientos que ocurrirían y aquel día nos levantamos con la idea de esperarlos en los alrededores del palacio de Pilatos. Allí estaban todos; los hombres habían terminado el encargo de Jesús y esperaban que algo pasara; cuando nos encontramos lloramos amargamente por el final de Judas Iscariote, Pedro se encargó de pagar el entierro que se había realizado horas antes, me gustaría haber estado.

María, la madre de Jesús también estaba. Me dirigí hacia ella pues la conozco desde hace mucho tiempo, éramos amigos desde la juventud, por ello accedí a tener a Jesús bajo mi tutela. Partí hacia Egipto cuando María llevaba en el vientre a Jesús; luego la volví a ver siendo Jesús un niño de cuatro años, estuve un par de años con él en los que me extasió, luego volví a Egipto y cuando Jesús tenía edad viajó a mi encuentro para su adoctrinamiento; por aquel entonces yo simpatizaba con las posturas de los Esenios, casi ingreso en su Comunidad; no lo hice porque llegó Jesús, pero le eduqué en el ambiente de aquella hermandad, donde se exigía el exhaustivo estudio de la Ley. Yo le enseñaría las demás ciencias. Además de Jesús también tuve bajo mi tutela a su primo Juan. Cada vez que lo pienso, más me convence la idea de que todo se empezó a tramar entre los dos en su convivencia en la Orden.

María Magdalena estaba a su lado, me dirigí hacia ella y también la abracé; ella amaba a Jesús de verdad; lloraba desconsolada. Es una lástima que Jesús la rechazara como esposa pues era una mujer bellísima; los Esenios es una comunidad donde el papel de las mujeres, aunque siendo importante, quedaban apartadas de los puestos más representativos de la Fraternidad, si Jesús llegó a ser Maestro Esenio ignoraría una relación comprometida con una mujer, pero no pudo ignorarla como amante. Esta comunidad infundió sus valores en Jesús, creen en el alma eterna y la resurrección; y lo que más atraía a Jesús: su eterna espera del advenimiento Mesiánico que preparaban constantemente. Ante mí eso mismo se hacía realidad, sin ayuda directa de la Hermandad había creado la suya propia. Ahora mismo el Mesías estaba preso.

El dolor las consumía. Lloramos amargamente abrazados entre nosotros. María me apretaba con fuerza y yo a ella, yo quería a aquella mujer y su dolor era mi dolor; los dos sabíamos que Jesús moriría hoy. Estuve con ellas todo el rato, toda la agonía.

Entonces saltó la noticia. Por ser la pascua Judía liberarían a un preso. Pilatos daría a elegir entre un asesino llamado Barrabás y Jesús, soltaría a quien el pueblo eligiera a voz en grito.

Es palabra de Tolomeo.

Cada vez que se callaban, los amigos se miraban; no se atrevían a hablar dada la solemnidad con la que relataban aquello; como cuando se relata algo que se considera sagrado; como se lee la Biblia en voz alta en los púlpitos de cualquier iglesia.

Shalmed bebió el último trago de la tercera copa y la desechó. Entonces los amigos vieron como Shalmed sacaba de su macuto una gran copa de piedra pulida. Salim se levantó a por una exquisita tela bordada. Habían roto el bloqueo del ritual y ese momento lo aprovechó David para agacharse sobre la mesa y susurrarle a Albert lo más bajo que podía, intentando no molestar pues no se podía aguantar.

- Esenios, 'Al'..., los rollos del Mar Muerto, todo cuadra con las teorías escritas, hay cientos de teorías de la relación de Jesús, los Esenios y los primeros cristianos, ¡que hay libros!

- Ya lo sé David, eso está muy trillado, no se encontró relación científica alguna, no hay pruebas, está comprobado; pero ya ves...

- Y que lo digas,... no ves donde estamos - le dijo alzando ligeramente la voz sin salir del susurro y cabeceando levemente a los lados, mirando por un instante a los hermanos que se afanaban en servirse y repartir nuevamente de las bandejas - nos miraremos la Wikipedia en Internet cuando esto termine - bromeó David - lo de los Esenios es 'para echar de comer aparte'.

La copa que Shalmed limpiaba con aquella tela era de piedra, las usadas hasta ahora eran de cristal, las copas de la Pascua judía no pueden ser de madera o metal, sólo de cristal piedra. Las de piedra pulida eran las usadas por las clases altas judías y esta lo estaba. Esto lo sabían los amigos que observaban con qué cuidado y esmero era limpiada por el viejo.

Shalmed la llenó de vino y la pasó a los demás, todos bebieron; cuando la copa estuvo en sus manos David pensaba -'mira si fuera...'- bebió sonriéndose. 'Esa sí que no la pasea, además una copa no es ninguna prueba que deban guardar' - pensaba Albert cuando le llegó, dándole un gran buche con toda tranquilidad, con la tranquilidad que la información que estaba recibiendo le permitía.