NARRACIONES JAVIER BACHILLER
LYDIA NO DEJA QUE ME VAYA
(Y DE COMO ME COSTÓ OLVIDARLA)
ESCRITO POR: Javier Bachiller Santos
NOTA DEL AUTOR
Ala¡!
Hoy x hoy no tengo ni zorra de quienes de mis amig@s virtuales siguen mis
narraciones literarias, pero por si por acaso hay algun@ que pueda encontrar
interesante lo k voy a contar...ps eso....lo cuento.De esto me acabo de dar cuenta ahora mismo, no me había fijado hasta ahora.
Pero en mis relatos existe un pequeño patrón que puede permitir descifrar, de forma
muy leve, la realidad que existe tras ellos. El rollo es que me ha hecho mucha
gracia, pork es algo que he hecho muchas veces con novelas, canciones y pelis
que me gustan...entonces, si alguien puede encontrarlo interesante o
divertido...o una mera curiosidad....curiosa... A continuación os dejo una
pequeñísima leyenda sobre los relatos que escribo.A menudo, lo más habitual, es que hable de una mujer llamada Lydia y el
narrador, con quien Lydia suele mantener una relación de amor, y que emula ser
yo. Ahora bien, lo más habitual es k tanto Lydia, como ese yo, sean personajes
completamente ficticios. Lo k dicen, hacen y sienten, pertenece al mundo de la
ficción. Pero hay algunas excepciones en que eso no es así.A saber:Cuando Lydia se refiere a Javi, como Javi. Ninguno de los dos, ni la situación
que viven, ni lo que dicen y sienten durante el relato es real. En esos relatos
todo constituye una pura invención, a menudo improvisada al momento.Cuando Lydia se refiere a Javi, como Bachi. Lydia existe, representa siempre la
misma mujer y el relato es una descripción poética de una vivencia compartida
entre esa mujer y yo.Y finalmente, en raras ocasiones ves una mujer cuya identidad queda sin
determinar se refiere al narrador como Bachi. En esos relatos (Este es el punto
que más me ha sorprendido descubrir) soy yo quien hablo conmigo mismo.Estos son los tres tipos de diálogos que más abundan en mis relatos. Es una
chorrada, pero si realmente hay gente k le gusta leerme y que disfruta
haciéndolo. Puede que este pekeño codigo ayude a que sientan mis textos con
algo más de tridimensionalidad. En cualkier caso, a mi me ha divertido
enumerarlos y tomar plena conciencia al hacerlo, de tres clases de relatos
recurrentes que suelo escribir.¡!Ala¡! ¡! Un abracico peña¡!
MECAGO EN TU PUTA VIDA TIA
La luz de las farolas teñía de naranja la niebla, tan espesa que parecía pesar sobre los hombros y tan húmeda, que mojaba mi barba. Consecuencia sólo de una pocas semanas de pereza mañanera. Pasamos frente a una tienda de dulces, donde se exponían en el mostrador moras de gominolas. A mí me sorprendió la gran variedad de sabores distintos. No pude reprimir proponer el plan.
-¡Ey Lydia! ¿Te parece si pillamos unas moras y nos sentamos a comérnoslas en algún banco de por aquí? Así aprovecho que hace semanas que quiero hablar contigo.
-¿Hablar?- Torció el gesto pero yo ya sabía que no quería significar que rechazase el plan. Ella no lo tenía en cuenta, pero contaba con información previa de buena mano, siendo esa mano, una estrecha amiga en común.- ¿De qué quieres hablar?
-Moras Lydia, céntrate. Moras.
-Pero hace frío Javi.
-¡Va coño!- La cogí de a mano con firme dulzura y la metí en la tienda.- Escoge las que quieras y no me vale un "las que tú veas". A mi me suda la polla. Yo tengo putos orgasmos comiendo estas cosas, sean del color que sean. Y de los dos, tú eres la que tiene sabores vetados. Por recordarle un lugar al que no volverá, o a alguien que se fue. Además, la cantidad de gominolas que cojas me ayudará a hacerme una idea de cuanto tiempo estas dispuesta a perder...- Me encogí de hombros intentando reforzar, con cierta culpa simpática, que no tenía elección.-...Hablando conmigo.
-Entonces... cogemos 20 o 30 de cada sabor ¿No?
Me miró y nos reímos.
-Me cago en tu puta vida tía.- Estallé en una carcajada contenida.
Ella entorno los ojos, parpadeo con picardía y se encogió de hombros, inocente. Yo...la besé.
¡VAMOS NO ME JODAS!
Por el momento todo ha marchado bien, mejor de lo que esperaba incluso. Cuando ella ha llegado, yo ya había puesto la mesa, decorada con dos estatuillas de formas figurativas y los poemas de Leopoldo Maria Panero, cantados por Bumbury, inundaban el comedor de un ambiente nostálgico. Durante los entremeses y el primer plato he gozado de una tranquilidad de espíritu...inusual, no solo por como soy, si no por la edad que tengo, también. Mi conversación ha sido coherente, sin alusiones a temas delicados, he sacado conclusiones concretas de los temas que han ido saliendo e incluso me he permitido, un par o tres de veces, dejarme llevar por algún pensamiento jocoso. Lo mejor es que ella se ha reído con todos. A la vuelta con el segundo plato, un jamón cocinado al horno en un lecho de patata y cebolla y aromatizado con varias manzanas, ciruelas y piña, la escena ha dado un vuelco inesperado. Durante los entrantes me he hecho con su confianza y, ahora, su tono de voz ha cambiado. Habla con más pausas, como pensando dos veces aquello que quiere decirme. Ya no hay lugar a la improvisación en su discurso y el tema de conversación ha adquirido un aura más intima. De pronto... tras abrir la puerta de la cocina, en dirección al comedor, que es también la sala de estar ¡TODO A TOMAR POR EL CULO! La bandeja con los postres decora mis zapatos, comprados esa misma mañana para la ocasión, ¡DIOS ESTOY SUDANDO COMO UN CERDO! Tan solo puedo quedarme frente a la puerta del comedor y temblar. Ella se levanta del sofá, que hay en el centro del comedor. Lleva la blusa desabrochada hasta más abajo de su propia imaginación. ¿La falda? Escaneo el suelo, en el tiempo que ella tarda en llegar hasta mi y cogerme, con delicadeza, la mano, pero no encuentro la falda. Se la habrá comido. Tras haberme tumbado en el sofá, con mis pantalones colgando de mi mano izquierda, y haber dejado que ella se acomodara sobre mi, lo único que cruza mis pensamientos es...¡Judé!, este no es un buen sofá para hacer este tipo de cosas, mas sus besos pronto cambian mi opinión. Sendas manos han recorrido el cuerpo del otro, con rumbos desordenados y ritmos caóticos, con el único objetivo de conocer a la otra persona a un nivel táctil. Creo que ella ya ha peloteado y está lista para iniciar el partido. Introduzco mi mano, con cautela, en el bolsillo del pantalón, que he dejado en un lugar estratégico y...¡MIERDA! ¡OLVIDÉ COMPRAR VIAGRA!
VEN, TE DEMOSTRARÉ QUE LO QUE LO HIZO DIOS...TAMPOKO FUE PARA TANTO.
Si la ves,
Pero ella parece no mirate,
Y al llamarla,
Sientes que el ruido de su mundo,
Ahoga tu grito, pero no dejas de oir su voz.
Destrózalo todo,
hasta que sólo quede en pie,
Ella,
Y tú,
Y un mundo vacío sobre el que construir,
Cualquier cosa que podáis imaginar.
MI MITO DEL AVE FÉNIX
Un día llegué a mi casa y no pude entrar de la
mierda que había, no pude respirar del hedor que emanaba de ella. Y sentí el
asco escociéndome en los ojos. Tenía que echarle valor al asunto. Limpié y la
vi más bonita. Decoré y la sentí mi hogar. Y me descubrí gustándome, al leer en
su sillón. Y cuanto más me gustaba yo, más me gustabas tú. Y más ganas tenía de
compartir mi casa contigo.
NOWHEREMAN
NOWHEREMAN de «The Beatles». Es una de mis canciones preferidas, no de este grupo, si no de entre todas las que conozco (Además de «Dream Lover, Antojo de un Dios, Lola, El coño de mi vecina...» bueno y unas cuantas más.)
Pero esta canción tiene un carácter especial. Escrita para la película «Yellow Submarine» retrata a uno de sus personajes
«Mr. Papanatas» quién siempre me ha parecido (Desde que descubrí el «ismo») la personificación de la mentalidad «Dadaista»
Al margen del personaje de la peli, la canción dice:
(Pido perdón por los más k seguros errores de traducción, daré de mí lo más que sepa, pero en fin...)
Él es realmente un hombre de ninguna parte, sentado en sus tierras de ningún lugar,
Planeando ningún plan, para nadie.
Entonces John, Lenon, George y Ringo, al verlo tan perdido le piden que les escuche. Le dicen que no sabe lo que se esta perdiendo ¡!Que el mundo está a sus pies¡!
Pero los Beatles reconocen que NOWHEREMAN no es ni un pokito como tú, o como yo. Que él es todo lo ciego que se puede ser, porque el sólo ve lo que kiere ver. Y uno de ellos le pregunta:
Hombre de ninguna parte ¿De verdad puedes verme a mí...o ver algo siquiera?
Finalmente lo tranquilizan diciéndole que no se preocupe, que se tome su tiempo, que no se frustre. Le piden que lo deje todo, hasta que alguien se acerque a echarle una mano.
««¿No dan ganas de abrazar al pobrecico y tan perdidico Mr.Papanatas. Y susurrarle al oido?:
Relaja colega, verás que al final todo saldrá bien»»
(Sí puedo decir que, de entre todas las canciones
que he escuchado en mi vida, esta es la que más «ternura ligera» me genera (Esa
clase de ternura que no hace falta demostrar con gestos y declaraciones
empalagosas. La k sencillamente te hace sonreír con la mirada.)
¡YO ME CAGO! ¡ME CAGO EN TU PUTO ÁTOMO DÉBIL! ¡Y EN TODOS LOS PUTOS TAQUIONES DE LA CREACIÓN!
Acacio y Abundio se conocieron una noche especial, de cine albanocosobar a la fresca. Físicamente se trató del flechazo más certero de cupido. Y tras comprobar que ninguno de los dos era un tarao homófobo, Acacio se concentró en morder la almohada con ganas, mientras Abundio le soplaba la nuca, tan salvaje como cariñoso. El recuerdo de la mejor noche de sus vidas les empujó a quedar al día siguiente. Y al siguiente, y uno más. A las dos semanas de intercambiar según les apetecía, los roles de soplanucas y muerde almohadas, se confesaron el uno al otro que la cosa era seria. Ya no podían negarse más, la pareja recien formada que eran. En los meses que siguieron ambos intentaron disfrutar del precioso acto de constancia, que implica conocer a una persona. Acacio siempre dejaba yogures vacíos por los lugares más inesperados de la casa. Como el día que Abundio encontró uno, entre la maraña de cables que siempre hay detrás del mueble del televisor.
Abundio estaba convencido que el sentido del humor de calidad, pasaba necesariamente por humillar a la persona que se quería hacer reír. Ambos siguieron buscando cosas que les gustasen del otro. Pero cada una les parecía peor que la anterior. Hasta que finalmente se vieron incapaces de poder evitar la ruptura.
Fue una tarde fría de verano. Ambos estaban sentados en el portal de su edificio. La ruptura ya era oficial, pero se resistían a separarse el uno del otro, buscando en donde habían fallado.
Fue Acacio quien creyó hayar la respuesta, tal vez se equivocaba, pero creyó dar con el átomo débil de su historia juntos.
- Creo que el error estuvo en hacer las cosas al
revés. Desde el día uno, nos lanzamos a compartir juntos una cantidad de
orgasmos y horas, que debería estar reservada sólo a parejas que ya se han
descubierto más de lo que les es ajeno aún. Tal vez si hubieramos valorado un
poco, la belleza de conocer a una persona un tanto más despacio. Preocupándonos
más de averiguar si nos caíamos bien, en lugar de aprender lo más rápido posible
el ángulo en que te gusta que te metan la polla. Tal vez de haber procurado
construir una buena amistad, en lugar de conseguir hacernos sendas mamadas
soñadas. Tal vez entonces, la cosa habría sido distinta.
¿Y ME DICES QUE ES AMOR? Y YO ME CAGO EN TU PUTA MADRE.
Las luces de la ciudad siempre me
parecieron románticas, bajo el cielo nocturno. Mientras el presente sucedía
casi no les prestaba atención pero al recordarlas, siempre lo hacía en una
fingida noche de niebla. Esa clase de niebla densa, de la que pesaba sobre tus
hombros y mojaba tus mejillas, con un sinfonía de pequeñas gotas de agua
condensada. Gotitas congeladas y justo
por eso, tan agradables para mí. Eran esos diminutos diamantes que reflejaban
las luces de las farolas, blanca hoy en día. Pero recuerdo que de niño eran
naranjas. Y es ese manto el que recuerdo al rememorar una noche en mi ciuda.
Tiñendo con la luz de los focos de sodio las calles "Del Casc Antic".
Estrechas y húmedas. Retorcidas y rebosantes de suciedad. Una visión que nada debía envidiar al Londres de finales
del SXVIII y principios del SXIX. Descrito magistralmente en las novelas
góticas. Sí, podría decirse que todas
las noches "Lleidatanas" que recuerdo, suceden en la urbe nocturna
que fue, a mi primera y virgen adolescencia.
Esa noche yo ya no era ni virgen, ni adolescente. Y Lydia tampoco, a no ser que llevase una vida mintiédome. Compartíamos algunas cervezas en la terraza de una muy conocida hamburguesería. Conocida por mí al menos.
Yo me encontraba a medio camino entre estar sentado y estar de pie, escogiendo mentalmente la mejor estrategia para limpiar, con mi potente chorro de orina, el mayor numero de zurraspas incrustadas en la cerámica del inodoro.
-Bachi, lo nuestro es amor.
Fue tan repentino como devastador. Como que se te acerquen con los brazos listos para abrazarte y una sonrisa de amor, aparentemente creada solo para ti. Y que un centimetro antes de quedarse sin espacio para maniobrar, su rodilla se precipite contra tus cojones. No pude evitar doblarme del dolor y volver a sentarme. Fijé mi mirada en ella pero por su expresión de «¿Cómo has podido cagarla tanto Lydia?» supe que no lo estaba haciendo con amor y ternura. Y no era para menos. Durante el segundo que permanecí allí sentado, recordé todos los años que había dedicado a aprender a no sufrir por ella. A asumir que a pesar de lo que llegaba a quererme, no lo hacía del mismo modo que yo querría. Recordé el dolor y la tristeza. Y como con el tiempo, había aprendido a verla como a una amistad sin mácula. A sentir esa clase de amor que definía a la perfección, el ideal descrito por Platón.
¿Ahora? ¿Con todo el tiempo que hemos tenido? Todos los momentos, aún teniendo en cuenta solo estos dos últimos años. Ahora que nos veo llevando a nuestros nietos al parque, pero de hijos que no tendríamos en común. ¿Ahora me sueltas algo así?
Supe que no podría responder con ninguna clase de comprensión y cariño. Y a decir verdad, no recordaba en nuestra más de media vida juntos, una sola vez en que Lydia me mostrase enfado. Pero como en ese momento yo ardía de pura rabia homicida. Sencillamente. Me levanté de nuevo y en silencio me dirigí al lavabo, rezando por que llevase tres días y medio acumulando zurraspas, con las que montar un puto genocidio con el chorro de mi meada.
Nunca volvimos a hablar del tema. Quisimos intentar evitar dar esa clase de final, a nuestra incertidumbre. Pero fuimos incapaces de no encaminarnos, precisamente, hacia «el tret de sortida» de nuestro final.
[Tret de sortida*
(Expresión catalana que vendría a significar "Punto de salida"
Se usa para describir el lugar físico donde comienza un trayecto. O para
identificar el comienzo de un momento, etapa, evento, etc.)]

