CAPÍTULO 2: El engranaje autómata. O de cómo pesa la sangre.


Aquella expedición por la sabana, una apenas encubierta razzia de cinegética rapiña, mezclaba sin decoro alguno a tranquilos biólogos de gafas redondas y de barbas encanecidas con mercaderes del insidioso marfil, a trepas, aventureros y arribistas con peritos que trabajaban para las empresas belgas o francesas que copaban las industrias mineras cercanas. En un descanso del camino, y mientras comían morcilla de Burgos y arramplaban con innúmeras botellas de vino tinto, y por aburrimiento y mala leche, por no saber qué otra cosa hacer mientras reanudaban la marcha, los blancos abatieron a un enorme elefante hembra que abrevaba junto a lo que, en la época de lluvias, si es que las había todavía, debía ser un río vigoroso pero que no era para entonces más que un serpiente de barro que avanzase esforzadamente entre las hendiduras de un terreno quebrado. Los nativos de turno que a cambio de dos sacos llenos de espejitos con lentejuelas acompañaban y guiaban a los blancos, con una celeridad de pueblo entregado que todavía no era hollywoodense -no podía serlo aún, pero lo sería a no mucho tardar-, corrieron en busca de la mole caída y extrajeron el eburno con la asepsia propia de un dentista. Dejaron el resto para el festín de la hiena pero, cuando ya se iban, felicísimos todos ellos, los nativos escucharon un runrún tras unos arbustos o tras unas rocas, el remover del follaje, el respirar profundo de algo que todavía, dios sabrá por qué, seguía vivo; no tardaron en descubrir a la cría, que parecía ajena a la muerte de su madre pero que posó sus ojos de mamífero eternamente desvalido sobre unos nativos que se apiadaron al instante. Éstos miraron automáticamente a sus jefes, los blancos, como pasándoles la misma pregunta con la que mudamente rogaba el elefantito, y a pesar de que el vino embotaba sus sentimientos y embrutecía sus facciones hasta hacerlas lobunas y ausentes, se apiadaron también los jefes, los hombres blancos, los de ciencia y también los de escopeta, que en prototípico rebrote de conciencia ordenaron a sus subalternos que cogieran al animalito y lo llevasen con ellos. El cabrón me pone caritas, se dijeron, yo me lo llevaba de vuelta a Logroño, se repetían en el camino de vuelta. Pero luego, cuando ya anochecidos llegaron a un poblacho y calmaron su hambre, cuando en torno a la hoguera abrevaron la tercera o cuarta botella y de no se sabe de dónde sacaron un guitarra española, olvidaron al elefantito, eso estaba claro que iba a ocurrir así, y lo olvidaron hasta un punto tal de no advertir que los niños de la aldea, jugando, en sus chanzas, habían desatado la soga que mantenía al elefante unido a una estaca. En principio, ignorante de su propia y reconquistada libertad, el elefante no se movió de aquellos metros cuadrados y siguió triscando alegremente los hierbajos que más al hocico le venían. Cegados por la noche y la propia cogorza, y por la propia estulticia antes que por nada, ninguno de los blancos que a su vera fue a mear advirtió que el elefante estaba en la práctica libre, tanto como lo había sido hasta aquel infausto día. Al mucho rato, cuando ya la mayoría dormía y sólo quedaban en torno a los rescoldos del fuego los dos o tres más juerguistas, el animal echó a andar bajo la luna lunera tal y como si dijera, con propia ironía de paquidermo, ancha es Castilla. Los hombres blancos jamás volvieron a pensar en él, y para cuando despertaron de la borrachera al día siguiente, comidos por las chinches, rebozados ya en el sudor propio aunque estaban apenas amanecidos, el pequeño elefante se encontaba muy lejos, solo y perdido y asustado pero muy lejos de allí. Diríase a salvo de momento.

A salvo pero solo. A salvo pero más perdido que Carracuca, y fue entonces cuando empezó a barruntar el elefantito, en su cerebro que apenas se abría entonces a las cosas de la vida, que la libertad extrema y forzada era la mas ancha cárcel que se pudiera uno imaginar. Estaban duros los caminos, lo entendía y lo asumía ahora el elefantito, y de ello se las apañó para extraer algo parecido al valor, algo confundible con la fortaleza. Durmió bajo la sábana que le suponían las estrellas y comió los hierbajos que por las lindes de las veredas se encontraba, y preguntó a todos los animales con los que se cruzaba si sabrían darle razón de su casa, o al menos de otros elefantes que pudieran acogerlo como uno más de su gens. Pero nadie sabía decirle, todos corrían como locos a sus nichos y guaridas, a las copas de sus árboles y a los húmedos escondrijos de la tierra madre, a esconderse de los hombres, hombres, hay hombres por ahí, se repetían sin pararse, dicen las hienas que los han visto en la linde del río. Pero nadie alcanzaba a ayudarlo. Pero no llegó a imaginar todo lo que nos restaba. Cuando ya había casi perdido cualquier atisbó de esperanza se tropezó con un muchacho pastor, apenas un niño, de rasgos bondadosos y ojos profundos, que cuidaba de su rebaño de noventa y nueve ovejas y que, sensible a casi todas las formas de vida, en especial a las mamíferas, y dentro de éstas a los individuos jóvenes, se hizo connaturalmente amigo de la criatura, que tan perdida se mostraba. Los noventa y nueve óvidos se acercaron al nuevo, lo olisquearon largamente y, ecuménicos, internacionalistas, lo acogieron al acto. Bienvenido, joven, le repitieron todos a la vez con aflautado balido, y luego uno de ellos, un ejemplar anciano, despeluchado y temblón que, por su tono, debía ejercer algún tipo de preeminencia o sabiduría, o soterrado fingimiento tal vez, afirmó que ya podían respirar tranquilos y marchar felices, a veces en caterva bestiaria y a veces como cuadrúpedos hoplitas -pero siempre en gregarismo máximo-, por los caminos cualesquiera que la existencia les deparase; que ya podían solazarse las avecillas en sus nidos y los perros que fenecían atados a una guita en el patio de una cortijada, que ya podían sorprenderse hasta los sapiens y repiquetar, si querían, las campanas de sus vetustos templos, que ya había aparecido la oveja descarriada, sí, sí, la que faltaba, sí, escuchad la buena nueva, la que hacía cien.

En algún momento del camino, el muchacho, alegre de la compañía fortuita y tan amable que le brindaran los cielos, colocó sobre la morla peluda del elefante, como broma, como chanza que aliviara el lento trajín del camino pero nunca como befa o como escarnio, un pequeño sombrero de lana azul que su madre le había cosido hacía un tiempo y que él se apañó para encajar mal que bien en la cabeza del animal. Fue éste, sin duda, el momento más bondadoso, el menos lesivo y alienante que esta historia, desde sus inicios en aquella whiskería de mierda hasta su final en la plaza del agravio y el crimen, hubiera jamás de conocer. El niño, el elefante y los noventa y nueve óvidos por los caminos cantarines, detenidos a su gusto para merendarse unos cuantos dátiles o para contemplar el polvillo de la tierra remoloneando entre las luminiscencias del sol, o paciendo a su gusto junto a un árbol, arribaron unas pocas jornadas después a un deprimente poblacho al que no habría de llegar en la vida ni la cañería ni la electricidad, ni casi el caucho. Había malnacido aquella aldea al calor de una ratonera mina que a los pocos años se demostró como lo que era, la áurica ilusión de una inmemorial avaricia y no otra más elevada cosa, pues las iniciales vetas descubiertas, recibidas en origen con natural alborozo tanto por los lugareños como por los empresarios del norte, se esfumaron con la rapidez de todo lo bueno, como la arena entre las dedos. Las hienas del norte, ese era su sino y no otro, esa su condena, se largaron entonces a cualquier otro lugar -al sur, más al sur, siempre al sur-, a cualquier lugar que fuera susceptible de ser rapiñado más y mejor, y más rápido. El centenar de casas, de cañas, de barro, había crecido rodeando una mezquita de humildes perfiles y de muros de adobe encalados que, condenada en los cimientos, quebrada desde la raíz por ciento y un terremotos cuyos estragos se habían históricamente colado hasta los barrancos de la provincia de Granada, se replegaba sobre sí misma tal y como lo hiciera la casa Usher de Edgar Allan Poe. A las afueras, al pie del camino principal (si es que existía alguno digno de ese nombre en aquella planicie sin más apertura visual o escape que los riachuelos secos, los llanos calvarios, los decrépitos árboles que redundaban más si cabe en la soledad y en la miseria del lugar), había un exclusivo edificio que servía de abrevadero para los hombres y para las bestias y que cumplía también la funciones de fumadero de hachís, y de opio, y de único lenocinio en doscientos kilómetros, o más, a la redonda. Siempre, desde su parejo surgir a la propia mina, había tenido un considerable trajín la fonda, en la que una turba conformada por lo mejor de cada casa parecía no abandonar jamás el local. Todavía, cuando cerró definitivamente el último pozo de la pírrica mina, fueron muchos, casi dos centenas de hombres, los que en torno al garito quedaron, gastando sus improbables finiquitos, gestionando hasta la miseria total los ahorros de ciencia ficción que hubieran atesorado debajo de la almohada y empeñando, ya de últimas, los anillos y los colgantes y hasta las botas y las hebillas de los cinturones. Olía aquel sitio como todas las tascas del universo, a insanas miasmas y a ciertas insalubridades, a total decepción, a fiesta que siempre se acaba o, más bien, a fiesta que nunca termina de arrancar, y en aquel hoyo depecionante se pudría un curtido ex marinero gaditano de recosido pasado y de luengas barbas encanecidas, de ojos de Neptuno en su peor hora, al que sus familiares y conocidos, allá en su tierra peninsular, querían creer ahogado, para bien de todos incluído el interfecto, en aguas subsaharianas. Lo cierto, al contrario, es que el ex marinero gaditano, aunque renqueante, seguía vivito, coleando cuando podía pero vivo sin duda, y tras mucho deambular por extensas partes del Magreb se había quedado anclado -era muy certera la metáfora- en aquel remedo de pueblo. No es que el antiguo lobo de mar se sintiera a disgusto allí, pues aquel pudridero le parecía -y lo peor de todo es que en realidad lo era- exactamente igual a todos los demás rincones tras los cuales uno, con vocación de monje cartujo, se quisiera parapetar. Se sentía casi a gusto en el exilio, entendía ya y asumía sin mala sangre que el exilio era su país natal, y a través de aquella idea, del sentimiento aquel, había desarrollado una disoluta falta de cualquier humana obligación, ya fuera ante Dios o la Historia, ante los otros o ante él mismo siquiera. Ya no maldecía su suerte y dormía en relativa calma consigo mismo y, a fuerza de ignorarlos, en paz con todos los demás con los que en su vida locuela llegara a cruzarse. Aunque a veces en manifiesta precariedad, nunca le venían a faltar ni los alcoholes ni la grifa ni las mujeres, un lecho de ácaros y paja y un arma para cuando la cosa se le viniese jodida. Y así, entre copazo y copazo, y sin más horizonte existencial que la siguiente parranda, esperaba el ex marinero gaditano que en su tierra de origen se olvidasen ciertas pasadas fechorías -le hubiera dolido que sus familiares y convecinos de origen lo pensasen realmente muerto- que supondrían en sí mismas una muy diferente narración pero que eran, apuntado queda aquí, de las que se pagan, si es que se llegaban a pagar, en un amanecer de patíbulo y ante el torniquete que a todos ajusticiaba y a algunos, a a unos cuantos, a unos pocos contados con los dedos de la mano, traía alivio. Sobrevivía el ex marinero gaditano, entonces, como un Rick Blaine sin lustre en el pelo y sin club boyante en el que alternar por las noches, sin pianos que acompañasen el transcurrir de la vida ni negros solícitos ni épica alguna, y su discutible forma de pasar por el mundo era sablear a todos los nuevos o viejos conocidos de aquel lugar, difícilmente amigos, que todavía se dejasen. Y mientras esperaba que en su terruño se acabasen por olvidar sus pretéritas jangadas esperaba también el ex marinero gaditano ungolpe de suerte que sabía no merecer -un algo rápido que no lo pringase mucho y que por supuesto no lo hiciese madrugar ni siquiera un puto día- y que sin embargo, y demostrándose así para todos que no había poéticas justicias que valieran, no le tardaría en llegar. Haciendo en realidad un cierto dinero que jamás se había planteado ahorrar (pues sabía muy bien que los bolsillos eran detalles para adornarle el pantalón, como mucho presto depósito para una chirla de muelle rápido), el marinero redondeaba su capital y de paso evitaba volver a la mar, a la mina o a a la recolección de ajos, trapicheando con toda una suerte de exóticos animales que por aquí o por allá, por lo civil a veces y casi siempre por lo criminal -y siguiendo los más tortuosos e impensados caminos de las geografías lumpen- venían con frecuencia a acabar en sus manos espurias. Así, hacía un tiempo había vendido un simpático mono a la hija de un diplomático, un bichillo al que le había cogido hasta un cierto cariño, el otro día una picuda ave, un especie de loro, sabe dios, a un par de estudiosos de la fauna a los que vagamente conocía y que vendrían como poco de Francia o de Bélgica. En una reciente visita exprés a Tánger, el ex marinero gaditano había escuchado, algo había escuchado por ahí, aquello de que en su península de origen (que ya le sonaba como Prusia o como Manchuria, que tan lejana e improbable y más irreal que nunca le parecía en aquellos días del estribo, en aquellas latitudes en las que resultaba imposible solazarse) algunos señoritos con posibles, aburridos y depravados sin duda, probablemente invertidos, andaban a la búsqueda de una cría de elefante, de una buena cría de elefante, una que aguantase el envite para el cual se le reclamaba. Era esta la natural concatenación de los resortes iniciados aquella jaranera mañana de hacía tres semanas en aquel triste puticlub de la villa y corte, la continuación del entramado maldito, el prolongarse del aburrimiento y de la muerte. No es de extrañar, por ello, que el ex marinero gaditano viera el cielo abierto, que sintiera un golpe de sangre y de alcohol a medio digerir treparle por el buche arriba, y que besara, con más superchería que verdadera fe, una medallita argentínea de la Virgen del Carmen que portaba desde el día de su primera y casi única comunión, cuando por la calle de albero del arrabal vio avanzar a un joven, casi un niño, que tiraba amorosamente de un elefante. Era el golpe de suerte que no merecía, el golpe de suerte que tampoco es que se dijese que necesitase especialmente, pues amén de expléndido derrochador de capitales propios o ajenos, que en eso él no paraba mientes, el ex marinero gaditano podía ser frugal cuando la cosa le viniese más justilla y le tocase serlo. Era el golpe de suerte que él asumió sin mayores historias, con sonrisa de calavera y sin pensar que, si había justicia, o sentido de algo, en algún momento tendría que dar cumplida cuenta de todas sus bajezas, ignominias y tropelías ante poderes que pudieran no ser en este caso, precisamente, los temporales. No se fijó en el sombrerito que lucía el animal igual que los feligreses que entran en el templo, obnubilados por las iridiscencias del entramado barroco, mesmerizados por los mil lignum crucis y por las reliquias de los santos mártires que desde dentro los llaman, no se fijan -no quieren y no pueden, no tienen tiempo ni ganas- en el pedigüeño sedente que entre las jambas les mendiga una monedilla de cobre. El ex marinero gaditano salió de la tasca trastabillándose, apartando y pisoteando a los inmóviles fumadores, volcando sobre unos lugareños el entero contenido de una tetera hirviendo, importándole nada. Eh, chaval... chaval, espera, gritó al muchacho con el milenario desparpajo que solo se podía aprender en las calles que fuesen a desembocar al Mediterráneo, espera, hombre de Dios, ¿a dónde vas con ese elefante, niño? ¿Cuánto quieres por el bicho ese, me cago en mi puta vida?, y para celebrar el negocio que como maná le venía a caer del cielo abrazó al muchacho con camaradería, tan espontánea como interesada y tan similar a todos los gestos que emprendiese a lo largo de toda su vida. Introdujo al muchacho en el garito casi a la fuerza, y allí, en sus penumbras, y tras cerrar el muy conveniente trato para ambos, pero sobre todo para sí mismo, acabó convidando al muchacho a beber alcohol y a fumar grifa, y también, mesmerizados ambos ya por el tintineo de los colgantes en los tobillos de las magrebíes, y subiendo las escaleras hacia los mugrientos reservados, solad de la chinche y del ácaro, eventual pista en la que las ratas daban sus carreras, al improvisado debut del muchacho, que a éste se le hizo muy corto pues muy corto hubo de ser.

Cuando el ex marinero gaditano encontró un rato de sinceridad consigo mismo y advirtió que el elefante era un elefante, de acuerdo, pero que era una cría y no un espécimen adulto y que tal vez no serviría para los secretos propósitos de los señoritos metropolitanos, hacía ya algún tiempo, horas, días tal vez, que había mandado un telegrama a ciertos amigos de la metrópoli, mejor diríase conocidos, pues él no tenía amigos ni malditas las ganas, en el que les anunciaba que no buscasen más y que él, con dos cojones, él y nadie más, tenía lo que los señoritos aburridos -miserables en su búsqueda de una postrera jornada en Saló, de un último puticlub abierto- con tanta fuerza anhelaban.

A veces le daba pena el elefante, pero muchas otras, en remedo de consuelo, se decía Un elefante es un puto elefante, eso es así aquí y en la Conchinchina..., se decía, palante, niño, que esto es una carrera de ratas, se repetía y se creía en los momentos previos a conciliar sus intranquilas duermevelas, pero por mucho que se lo repitiese no podía evitar el elucubrar sobre el destino que esperaba al elefante; temía, pues sabía de la vesania psicótica de sus compatriotas, a los que ya sentía no pertenecer (tal vez por haberse convertido en un monstruo más atroz, proscrito y oculto), paisanos a los que quizás jamás había pertenecido, ni quizás siquiera cuando era un niño normal y jugaba en las calles de Zahara o de Conil, cuando empezó a trabajar en la mar como cualquier mozalbete, cuando volvió de la mili -las maniobras en Cerro Muriano, en Córdoba, donde luego Robert Cappa fotografiaría el atrezzo del miliciano anónimo, y la mili propiadimente dicha en Melilla, con la morisma-, hecho todo un hombretón, y bastante picardeado por cierto, pues no había hombre normal que no aprendiese el extenso compendio de lo malo en tales insalubres hacinamientos, propios del puro corral. Estaba bragado al volver del servicio pero, por eso mismo tal vez, se casó en menos de cinco meses con la Menchu, una vecina suya de toda la vida, con la que había ido a recoger camarones desde los seis o siete años y con la que ahora, en la iglesia de San Dimas de su pueblo, de Conil o de Zahara, felizmente se desposó. Dónde estaría la Menchu, se preguntaba el ex marinero gaditano, y en tales momentos sentía una cohorte entera de arañas, de esas de patas larga pero escuetísimo cuerpo, treparle por el estómago arriba; temía y solamente conseguía atenuar el temor con el vino y la ginebra y el hachís ingeridos desde por la mañana, con la desmemoria que tan pulcramente había practicado casi siempre y que en tales momentos se le agrietaba. De general se dormía como una bestia, como oso que se desparramase en su lecho cavernario o como un organismo primitivo que se redujese al mínimo en los inviernos de carestía, se dormía y era como si se muriese. Pero ahora se tumbaba en el catre, que le resultaba de clavos, y no se dormía hasta las tantas, aburrido de sí, repitiéndose dónde estará la Menchu, cuándo podré volverme a la península, para que querrían al elefantito aquellos cabrones, y aún aunque durmiese no terminaba de descansar el ex marinero gaditano. Y al día siguiente, alto ya el sol en los cielos, renacía viejo y cansado, lanzado feliz hasta el próximo fracaso.

El elefante, por su parte, fue introducido un par de semanas después en el Intrépido, un barco mercante de brumosa procedencia y multirracial y muy bajuna tripulación que gracias que pasó, como el Dragon Rapid, a los anales dudosamente gloriosos de la trama. Ni siquiera, como sí ocurriría con el rey Kong de la obra de Delos W. Lovelace, de algunos años después, hubo necesidad alguna de sedar o encadenar al elefantito, ni siquiera de meterlo a palos en las bodegas del barco, pues todo el viaje, inocente todavía de las humanas fechorías, de las sacrosantas plusvalías que serían capaces de extraer rédito hasta al vuelo de una mosca (del universal cul de sac por el que se despeñaban hombres y mujeres, niños y viejos, animales y cosas, intenciones y actos, ideas y materias, tiempo y espacio; de las circunstancias últimas que hacían que el vacuno fuese a la parrilla y los jóvenes al barro de la trinchera, los borrachos a las tascas, las mujeres a fregar), lo pasó el elefantito comiendo mondaduras de patatas y algunas lechugas pasadas, restregando sus costados contra los fierros de la jaula, visiblemente alegre cuando alguien, un compasivo, un aburrido, un mozo de los que por allí escurrían el bulto y hacían como que limpiaban con fuerza los suelos, le lanzaba cubazos de agua que mojaban su lomo y su barriga, sus dóricas patas isométricas y sus orejas como fulares, su bella testa. Quedaba entonces en torno a los pliegues de su boca lo que a los sapiens parecía una sonrisa pero no era otra cosa que satisfacción desmemoriada, prosaica y simple, monda y lironda, la expresión de lo ahistórico y lo bienaventurado, de aquello que casi ni tiene nombre porque cuando se está satisfecho de tan largo no hay lugar posible, ni mención alguna que valga, para la idea. Y así transcurrió la travesía, feliz para el elefante y rutinaria y sin novedad, y bien entonces, para los humanos.

Las masas, trasnochadas en torno a escuetas hogueras y sostenidas gracias a los calores de un vino al que disimulaban su mal sabor aliñándolo con canela y otras especias y que portaban en grandes garrafas, venidas desde la entera provincia de Málaga y desde más allá, desde el valle del Guadalquivir, desde la hoya de Baza, desde la serranía de Ronda, esperaron al proboscidio apostadas en las mismas tablas del muelle malacitano tal y como si los que estuviesen pronto a arribar fuesen los últimos de Baler o los futuros victoriosos balompedistas de un mundial que se habría de celebrar en Sudáfrica, en una época en la que ya nada, absolutamente, importaría a nadie, ni el mundial siquiera. Solo adolecían las masas de banderolas que blandir, que hubiesen dado sin duda un mayor empaque al recibimiento, pero es que ni para manteles tenía trapos la mayoría, aunque sí hubo algunos muchachos, de los que se pasaban todo el santo día correteando las callejas, que hicieron detonar unos humildes petardos, que, excepción hecha de unos canes en un cercano corralón, a nadie vinieron a molestar y, antes al contrario, muchos disfrutaron simplemente por la razón sencilla de que suponía la pirotecnia un plus a la radiante jornada de asueto que todos se aprestaban a disfrutar. Cuando el elefante, innecesariamente encadenado del cuello, salió ante las masas sintió una cierta aprehensión, los inicios de un ramalazo de ansiedad. Parecía el nazareno expuesto en la sinagoga, condenado por los carcas gerontes del Sanedrín y humillado por las turbas descreídas que acabarían eligiendo al zelote Barrabás, y unos niños agitanados, arrasadas de herpes sus mejillas, preguntaron entonces a sus madres: Mamá, ¿eso se come?, pero sus madres no les contestaban, qué podrían contestar aunque supiesen que la respuesta era por supuesto sí, y daba tanta pena la inocencia de los chiquillos como su hambre, y es que esa sería la pregunta que más se repetería en lo que restaba de historia, se repetiría cada vez que alguien viera al exótico animal por los caminos o repostando en los cruces pero sobre todo en la plaza y en rededor de la plaza, dentro y fuera de la plaza, llegado el día en el que todos deberían afrontarse a su propio futuro. Sería aquella, prácticamente, la única pregunta que a la mayoría importaría, por más que sus existencias se dilatasen, aburridas, hasta el día del juicio. Nadie le había quitado hasta entonces el sombrero al animal, aquel complemento estrafalario sobre una cabeza demasiado majestuosa aun en su estadio de cría, aquella ridiculez máxima que era ornamento y era a la vez delito y de la cual el elefante, a Dios gracias, pasaba bastante. Las masas aprovecharon -con la rapidez mental que antaño las caracterizaba, con una rapidez y una capacidad de desenvolvimiento y de creación que para sí quisieran los burócratas de la corte, los mil fotocopistas guarecidos en sus ciudades-dormitorio- el asunto del sombrero para encontrarle al animal su piadoso y bendito nombre, el que esta historia necesitaba y del cual, hasta el momento, tanto aquel como esta sensiblemente adolecían. Ni el muchacho de miradas claras y bondadosas que al borde del camino lo recogiese -y que a estas alturas de la película habría vuelto a su pueblo sin el gorro que su madre le tejiera, es cierto, pero también con los recados familiares cumplidos, con la juerga corrida en el cuerpo, que para sí se quedaba, y con unos buenos e inesperados dineros extra en la faltriquera-, ni el ex marinero gaditano de ojos de atlante ebrio, que allá en su whiskería seguiría erre que erre hasta la embolia final, llegaron nunca a saber que así y no de otra forma, tan amablemente, había sido bautizado el animal, que con este epíteto en diminutivo, entrañable y simpaticón, colmado de un necesario candor que a todos debería haber enternecido hasta hacerlos flan, pasaría el elefante a los chuscos anales referidos a aquellos días chuscos, aunque el muchacho sí hubo de pensar más de una noche y más de dos en los ojos mamíferos del elefante, que daban y pedían neta comunicación, comprensión, amor, en el sombrerito azul que le había dejado puesto cuando lo vendió a aquel hombre que parecía un fantasma, en las veces que se había recostado en su panza y juntos habían descansado en el sueño de los fraternos, como los siete durmientes de Éfeso. El ex marinero gaditano, por su parte, una vez que se desprendió del bicho, al que vendió y embarcó rumbo a la península como si de un caja de tuercas o de un kilo de alpaca se tratase, apuró su perra suerte y no contó ni uno de aquellos billetes que no había sudado y que sabía no merecer pero que fue prendiendo, con total impunidad y muy poca pena, ninguna en puridad, entre las piernas de todas las meretrices magrebíes que por aquellos rincones recalaban. Ya, al igual que los cazadores criminales que lo arrebatasen de su madre y de su hogar, jamás habría de pensar en el animal, ni en su nombre, si es que alguien le había algún día de poner alguno, ni en sus ojos ni en su trompa ni en el sombrero de lana azul que lucía el bicho y que él, a medio camino entre la superstición más chabacana y la pura desidia, entre el miedo y la dejadez, nunca llegó a quitarle. Para las masas apostados en las tablas de Málaga, y luego para el resto de España y el mundo, y para la Historia y el recuerdo, para el arte y la literatura, el elefante fue desde entonces conocido, y recordado para siempre, como Sombrerito.