CAPÍTULO 3: No sintáis culpa por el poder. O de los territorios destinados a la rapiña


Cada tapia y cada árbol, cada esquina y cada farola, cada cristalera de cada taberna de la villa y corte amanecieron el primer domingo del año empapeladas con un mismo y repetido cartel en el que Román Alcaide, el pintor de las tauromaquias capitolinas al que los legos y desinformados, en sus ansias de sorna, apodaban el Románico, había pintado en singular pugna a los dos animales protagonistas del evento, radiante, que a todos había de maravillar. El uno, el conocido y reconocido tótem del terruño, el icono cornúpeto que nos había tocado en suerte y que en puridad ni siquiera era estrictamente nuestro -pues por gracia minoica pertenecía a la globalidad mediterránea-, se mostraba arremetiendo con su cornadura a los cielos, casi como si los inquiriese o los quisiera desventrar, y su cuerpo entero, que apenas rozaba el suelo y que espejeaba de bruñido sudor bajo un sol omitido -un sol como de barroca luz estilística-, se mostraba artificialmente alongado tal y como si Román Alcaide hubiese conocido ya, de forma mágica, y ahistórica, las composiciones musiváricas de Creta que todavía no había redescubierto para el mundo, aunque no tardaría mucho en hacerlo, el arqueólogo, aventurero y avanzadilla del colonialismo wasp Sir Arthur Evans. En un requerimiento pictórico que se haría territorio común a todos los ilustradores de la época, un requerimiento que haría fortuna y dejaría patente su manifiesta influencia en las ulteriores representaciones bovinas de los siglos venideros, el artista había dibujado una enorme argolla atravesando los bulbosos hocicos del astado, que miraba así altivo al cielo, en plena empresa diríase, exudando épica y tal y como si fuese la brava mascota del Cid Campeador o, incluso, mejor todavía, el propio Cid Campeador. El otro animal, el exótico, el foráneo, el diferente, el interpuesto, el migrado, el africano, el extranjero, había sido representado resoplando con virulencia, cabreado, gárrulo e iracundo y golpeando con sus extremidades dóricas un suelo de arena de color naranja -que no rojo, no rojo todavía-, un suelo que se levantaba en seca polvareda y que a continuación parecía deshacerse ante la majestad antigua, pétrea casi, de la bestia importada. Se había deleitado Román Alcaide en la representación de las dos grandes orejas, que de par en par le ondeaban abiertas al viento, y también en los magníficos colmillos rematados en angosta aguja y en la enorme testa rala de pelos donde sólo le había faltado, pensárase, pergeñar a un delgado aborigen que con una varilla condujese hábilmente al animal a través de las sendas. Sus ojos, falsarios, de rojo inyectados, daban al elefante la cierta apariencia de un robot japonés de juguete, de ciento y pico años después, que no tenía nada que ver con la mirada inocentona y verídica de Sombrerito pero que que Román Alcaide, que era un plusvalidor neto del morbo de la imagen, supo colmar con acervos de la pura maldad, presentando así al elefante como un ser atroz e indomeñable, como un tremendo mastodonte que comiera niños crudos o algo así. Nada que ver con la realidad de las cosas, de acuerdo, pero eso le daba igual a Román Alcaide, que en ese sentido sí que era bien románico y que no había visto al elefante, que solo lo vería en la plaza, el domingo del crimen definitivo. Añadía Román Alcaide sentimentalismos y arrobos a las escenas románticas y belicosidad y básicamente muerte a las militares, y a la presente, que era del género faunístico, añadía pues una agresividad, chirriante e histriónica, que quedaba totalmente fuera de lugar tratándose como se trataba de la representación de dos herbívoros, pero que todos, los más pazguatos de los más endogámicos asentamientos pero también los que trabajasen con microscopios, daba igual, asumirían como la luminiceste verdad que les era agitada delante de las narices, como el señuelo de la sangre, como la zahanoria que chorreaba rojo. Nadie se apercibía -lo flipaban con los malignos ojos robóticos y punto- de que la imagen que les presentaba Román Alcaide era rotundamente falsa, propagandandística y espuria, un mero morbo añadido a un espectáculo que no necesitaba, que bajara Dios y lo viera, de añadido alguno. Nadie se apercibía y daba igual, la verdad, porque la cuestión era el morbo, real como un tiro en la cabeza o inventado como una pelea a muerte entre dos herbívoros. Y eso, Román Alcaide, que tampoco es que fuese un lumbreras, lo sabía desde siempre, desde que nació, y sin mayor cargo daba alas así al necesario retorcimiento con el que se conseguiría, Dios mediante, que las masas todas de la nación, de nuevo unidas en algo colectivo tras noventa años de ignominia, acabaran enardeciéndose como pavesas y apoyando por soterrado nacionalismo al astado, por primario chauvinismo que era lo mismo. Lo hizo Roman Alcaide, quede claro, como el demiurgo blandengue que era, torpón y cobarde, pero fue más que suficiente. Bastaba con los ojos del robot. Era consciente Román Alcaide de lo buen pincel que era, de lo buen pincel que siempre había sido, de lo buen pincel que era, de lo buen pincel que había sido siempre, para representar lo mediocre, para llenar de espurio contenido y de supuesta conexión con el Nos las más preciosas escenas que cualquier hijo de vecino, en cándido arrobo, pudiera llegarse a imaginar. Nunca supo que pintaba espejos, nada más que espejos. Espejos sobre espejos.

Pero luego, desde el domingo del crimen, desde el mismísimo día de autos, cuando él, como medio Madrid, saliese de la plaza entristecido y crepuscular, y en los años que le quedaban por delante, que fueron muchos todavía pues casi le dio tiempo en su senectud de ver a las suecas en las playas, empezó Román Alcaide a repensar su pintura, y diríase que hasta su vida aunque poco de ella pudiese remendarse. Depuró así un tanto sus trazos, lo que pudo pues nunca, ni ahora ni después ni nunca, fue un gran dibujante, pero lo más relevante fue que, impelido por una fuerza mayor que puede que no fuese más que delirio, abandonó casi de la noche a la mañana los retorcimientos y las afecciones y las perturbarciones del morbo en la que asentara hasta entonces sus dotes pictóricas. Con ese plan tan malo, está claro, empezaron a faltarle unos encargos que él, por su parte, no hizo nada por retener o engrosar por otros alternativos modos. Con lo que a partir de entonces hizo, que fue poco, le sobró y le bastó para vivir con un humilde pero estable desahogo que tenía algo de primitivísimo cristianismo y mucho de vetusta tranquilidad mediterránea: cuatro inocentes viñetas en algunos montaraces diarios de provincias, el cartel de las fiestas del barrio de Hortaleza y poco más. Trabajó así lo justo, lo menos posible, lo propio para no morir ni de hambre ni de frío ni de soledad. Y el resto del tiempo, hechizado, lo invirtió ya desde entonces, desde el día uno del nuevo tiempo, en pintar y repintar centenares de elefantes en todos los tamaños, ángulos y posturas que se puedan imaginar, solos o en la compaña de los suyos, nutriéndose de las hojas de un heucalipto o abrevando en la ribera del río, solazándose en los fangales y dormitando a la fresca, pero siempre los pintaría ya reales, verídicos, verdaderos proboscidios muerte en la mira. Nunca fueron sus elefantes, ya quedó dicho, de unas cualidades pictóricas evidentes, loables desde las estrecheces de los púlpitos de la Academia. Pero fueron a partir de entonces, buscadlas en hemerotecas y archivos si no lo creéis, arrobadoras y mesmerizantes, operativas a un más soterrado nivel de conciencia, propias más de un mantra que de la imagen. Nadie advirtió esto, ni su cambio estilístico ni su progresivo pero rápido destierro, su ostraka, y a decir verdad a nadie le vino a importar, pues el remolino del tiempo daba su nuevo giro e inauguruaba otra era. A nadie le vino a importar en aquellos tiempos en los que, desatada ya la definitiva carrera de ratas, nadie tuvo el más mínimo miramiento para nadie porque nadie tuvo a partir de ahora ni un minuto libre, ni un día ni una semana para atender a un viejo o pararse a contemplar a los niños en el parque, en sus juegos. Ni siquiera para acariciar a un gato ni para ver las hierbas crecer, en la dehesa. Mucho menos para algo que rozara, de refilón siquiera, el cáliz del Arte.

Los cantares de ciego estaban casi extintos para tan avanzada fecha de nuestra historia, y tan sólo venían a pervivir allí donde los falsarios invidentes, con vella y profunda voz, engatusaban a la pléyade de aburridos europeos, románticos y trasnochados, de los que ya se hablara aquí y que desde tiempo ha recalaban por estos lares buscando precisamente que le contaran, al rasgado compás de la guitarra, aquello tan repetido ya, y de tan repetido tan aburrido, de la tierra en la cual sus habitantes aún se asesinaban a navajazos por amor y en la que todavía se podía, si se aguzaba bien la fina pituitaria, olfatear el orín de los rocines de los autentiquísimos bandoleros de trabuco y de montera; anhelaban estos extranjeros toparse con ese lugar, mental como todos y surgido más como maldición que como otra cosa en las estribaciones de Europa la próspera, en el que las mujeres todavía zurcían calcetines y cocinaban guisos calientes de legumbres y los hombres, entiéndase machos, sabían dejarse, allí donde el pundonor los reclamase, la vida antes que la honra pero, tras esa pátina de infundada gloria, lo cierto es que un capcioso aburrimiento máximo, de vilipendio y de inquina, de inacción, como si el aire atontase, alcanzaba y corroía desde siempre tanto a los unos como a los otros: afectaba, por supuesto, a los que habían nacido y morirían aquí -los que nunca verían el mar ni viajarían más allá de Soria-, pero afectaba igualmente a los pobres estúpidos que hubiesen recorrido mil kilómetros o más para encontrarse en estos terruños con otra nada, una nada igual de inquietante que la que pretendían dejar atrás en sus lugares de origen pero que sin embargo vendría a perseguirlos y a darle caza aquí mismo, en la esquina de Europa, o en el Pacífico Sur, o aunque viajasen, ilusionados como críos, a la luna. Las gentes, así las cosas, no tenían otras literaturas de las que malnutrirse -otras Eneidas y otros Quijotes- que no fueran el rumor y el chismorreo, la media verdad o la total mentira, las vaguedades escuchadas con sumo interés a los buhoneros que trajinaban por los veredas de la antigua mesta con su miserable género, con sus tónicos y mejunjes, con las inmúmeras quincallerías y las fantasiosas bagatelas de Gomorra que dejaban insanamente obnubilados, como insectillos en rededor de una insuperable luz, a los pazguatos y bobalicones.

Aquel primer domingo de enero, los habitantes dignos de la villa y corte salieron a pasear por las abiertas avenidas y compraron la prensa y la leyeron luego, rituales, en los jardines de Sabatini o en cualquier otra plaza de historiado nombre. Pausados se movían los señores, como vetustos quelonios, para que no se les desajustaran los casposos bisoñés, y se mesaban con cuidado los frondosos bigotes para aparecer más interesantes ante sus iguales. Saludaban con pareja educación tanto a canovistas como a sagastistas y evadían los ojos con aprehendida discreción, con cívico aplomo, cuando se topaban con alguien al que debieran favores o dineros. Transcurría asi la mañana de domingo para los madrileños con dinerillos, remolona, bastante distendida, irreal como cualquier tiempo de asueto, pero transcurría lo verídico, sin embargo, justo por encima de sus cabezas: los pájaros de los parques, grajos y palomas, estorninos, golondrinas, tórtolas, vencejos, mirlos, zorzales, otearon desde la balconada de sus ramas el contenido de los periódicos, y aunque no sabían leer y ni siquiera podían imaginar lo que era la escritura sí que pudieron ver, pues tenían avizores los ojos, el dibujito del elefante y el toro que había pergeñado Román Alcaide y que los diarios capitolinos reprodujeron entre sus páginas aquel domingo. Aún en sus pequeñísimos cerebros de nuez supieron barruntar lo que ocurría, lo que venía ocurriendo, lo impensable, y en apenas una hora, y por los aires limpios todavía de Madrid, comunicaron la noticia a todas las demás aves con las que se cruzaban en las invisibles veredas de los cielos. Pero no se pararon ahí e, internacionalistas, advirtieron también a las acémilas que tiraban de los carros, a los perros que dormitaban recogidos en torno a fogatas, a los puercos que todavía gruñían en multitud de patios traseros. Avisaron a las carpas de los estanques, a los ratoncillos en sus madrigueras y a los jilgueros que, cantando sus males, agonizaban en sus prisiones de alambre; a la ardilla hiperactiva, al hurón de los bidones y al gallo de la ventana y, también, a los gatos de los callejones, que eran sus primerísimos antagonistas pero que en este caso devenían en aliados fieles, en felina guardia pretoriana llegado el caso. Avisaron incluso, ¿para qué?, se pudiera preguntar, a los conejos que no pasaron de aquel mediodía de domingo pero que todavía, mientras eran cocinados con arroz en cocinas de postín o sin arroz en requemadas latas de conserva, sacaban un momento postrero para alcanzar y así incluir en sus amplísimos lloros, en sus rezos sinceros, a los dos combatientes.

Lo que está por ver es si la noticia se extendió más rápido en el orden animal o en el humano, pues para las once de la mañana no quedaba en toda la capital ni un periódico por venderse. Fue, pues, cosa de pocas horas el que el asunto cobrase gran nombradía y trascendiese los últimos ladrillos de la villa y corte, aunque la inmensa mayoría, pobre y iletrada, escuchó del evento como si oyese hablar de la guerra de Troya y del tesoro de Príamo, de la Gorgona heptacéfala o del Vellocino que, con el ímpetu que ponían en sus cosas las gentes antiguas, buscaron y encontraron los Argonautas. La inmensa mayoría, pues, no pudo hacer más que soñar con el evento, y lo hizo como si imaginasen una siesta fresca a la sombra de un manzano. Todos ellos, los iletrados, los olvidados de siempre, hubieran dado un riñón si hubieran sabido que tal cosa era, ya para la fecha, más o menos factible: eran los que en otro tiempo se hubieran enrolado en la Gran Armada pero que por entonces, secos los campos de la épica y la floritura, arrasados los pensiles floridos, sobrevivían a golpe de chirla en los peores callizos de la capital. Eran los desdentados de Francisco de Goya que ya solo comían gachas de pan mojado en leche o en vino y que, riendo, enajanados, en el paroxismo límite del enfermo, observaban el mundo desde su estático grabado en blanco y negro. Eran los que volvían de Cuba o Filipinas hechos mierda de la cabeza o del cuerpo, sacrificados en balde y en aras de una entelequia. Eran los maleantes que se pudrían en los presidios del norte de África y que el país parecía querer mantener ya simplemente por inquina, por putear. Eran los ancianos que jamás se habían movido de sus respectivas aldeas empobrecidas y que descubrían gusanos cuando hundían en los terruños de secas areniscas sus manos de sarmiento. Eran los seguidores derrotados de Zumalacárregui pero también los que habían aceptado en Bergara el abrazo de Baldomero Espartero y Rafael Maroto. Eran los mercheros ambulantes que se establecían en las afueras de los pueblos y te afilaban los fierros por una perra chica, los albañiles oscilando en sus obras, los insomnes serenos vigilantes del correcto transcurrir de las noches, los braceros que comían una cebolla al día y daban gracias todavía; y eran, por supuesto, los mineros que sacaban carbón de las entrañas de la patria y que en esos infiernos de ahí abajo se iban preparando para el año de gracia de 1934, mes de octubre, mientras escuchaban la historia y la mitología, lo mismo era, de los diggers y de los luditas, de la Comuna de París, del asalto a la muy vinatera y señorial ciudad de Jerez.

Pronto, los potentados de las provincias castellanas adyacentes, señoritos mesofundistas apenas tamizados por el decoro burgués -seres radicalmente mediocres que creían que la vida era una fanega de tierra y en cuyas extensos caserones, grandes habitáculos sin alma y sin mácula, limpios como patenas o como los hospitales del futuro, jamás había entrado un libro que no fuese un devocionario ni un cuadro que no fuese una escena de caza- leyeron la noticia en los cutres periódicos de la zona, los cuales lo único que habían hecho era reproducir, castiza y tardíamente, y siempre con cristiano celo, lo que habían anunciado ya todas las publicaciones madrileñas siete, diez, doce días antes. O lo escucharon en las cuadras y en los graneros a sus propios braceros, o tal vez en las mercerías que, en fallido remedo de urbanidad, en vulgar intento de asimilarse a los verdaderos señoritos de la capital, con frecuencia visitaban los agropecuarios con posibles, los catetos con dineros, aquellos que no sabían ni abrocharse los botones de la camisa pero que no podían ni cerrar sus billeteras, de colmadas que se mostraban; volvió la chispa de la vida, o su sucedáneo, a sus montaraces y endogámicos ojos bovinos, y rescataron de sus arcanos algo que, fácilmente, hubiera podido ser confundido con la ilusión o la esperanza. Espoleados en su ancestral modorra acomodaticia, despertados del hechizo nefando y del sopor abúlico que les duraba ya dos siglos como mínimo, mandaron a la capital a sus muy obedientes y más lustrosos que nunca cocheros, los cuales nada más llegar, gallináceos asustados, palpando compulsivos sus carteras como Pacos Martínez Soria del pasado, como prefiguraciones suyas, hicieron cola en la propia plaza de toros para comprar las entradas anticipadas y luego, en las calles adyacentes pues el barrio era de postín, reservaron noche para sus amos en alguna pensión decente -cristiana, esto es- de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, el asunto también saltó a las postreras colonias de los confines oceánicos, aquellos territorios que suponían las migajas y casi el despojo de un pastel mayor que se había perdido por méritos propios; aquellas islas y aquellos piélagos convertidos en extensiones tropicalizadas del mismo Madrid, del propio Toledo, tierras subsidiarias que muy pronto, antes de que acabase el nefando año en curso, dejarían de serlo. Fue esta quizá la última chusca historia, la última astracanada, el último show de fantasía y el último timo, la postrera, esperpéntica mascarada que la metrópoli menguada (antaño sólida constructora de asentados paradigmas, de verdades impuestas por la fuerza de las espadas y los mosquetones y los evangelios llevados allá pero también, no ha de dudarse, gracias a su propia fuerza aglutinadora y centrípeta) tuvo tiempo de arrojar, como proyectiles de mierda seca, de abono caliente, sobre los territorios destinados por siempre al saqueo y la rapiña.

Pocas horas después de que el Intrépido recalara en el puerto de Málaga fue Sombrerito introducido en el carro que había de llevarlo, traqueteando a través de la mesta y Dios mediante, hasta la capital del reino. Cubría el vehículo una recia capota encurtida, con la que en principio se pretendía -vanamente, como se verá a continuación- impedir el husmear de los curiosos y desocupados que en el viaje se les cruzasen. De nada, sin embargo, hubieron de servir tal bienpensadas disposiciones de ocultamiento, pues el interés que propalaba el elefante, casi su leyenda, lo precedía largamente por pueblos y aldeas. Los lugareños, todos, salían de sus casas de cañizo y barro y se aposentaban con sus sillitas de fieltro en los cruces de los caminos, en las fuentes y en las postas y en las pórticos deslucidos de las cortijadas a la espera del paso del carro, aquella anunciada nueva que se dilataba desde hacía días o semanas y que era traída a estos eriales, diríase, simplemente, flotando en el viento. Los que trabajaban abandonaban por unos minutos los fardos y los esportones de la aceituna, las hoces de la siega, los herrajes de los caballos, y no había entonces ni manijeros ni látigo que valiera, pues por unos instantes no había Dios que metiera en vereda a los usualmente tan dóciles peones, y los capataces y encargados parecían así entenderlo, por lo que muchos, desbordados, asumiendo los hechos de una política consumada, concedían ese tiempo para que las retinas de sus curritos tuvieran algo que recordar, algo que, en el día del mañana, contar a sus hijos y nietos también braceros y jornaleros. Y todavía ellos mismos, los manijeros, aún desde su altivez y su distancia inevitable, no podían hacer otra que acercarse hacia el tumulto y echar un vistazo a Sombrerito. Comentaban las mujeres las suciedades del elefante, las heces junto a las que reposaba y las insectos porculeros que en su lomo le hacían nido, el hedor que a metros expelía, el perfil lobuno, extranjero casi, de desconfianza eterna, del cochero que conducía el vehículo a través del erial castellano, sus ropas de mendigo y el piojeo que le saltaba de la cabeza a la barba y viceversa, y comentaban también lo desvencijado del carro, que crujía y crujía y que era como una metáfora de la España lastimera, mientras los hombres, de veras sorprendidos al menos por una vez en la puta vida, elevándose un tanto por encima del abotargamiento adormecedor del vino y la ginebra que los mantenían quietos, fumando sus caliqueños baboseados y escupiendo invisibles mijillas, se repetían entre sí me cago en Dios, el puto bicho éste, ¿de dónde vendrá?. Los niños, los que más disfrutaban de estos saraos, y en realidad de todo lo que se pueda imaginar, acompañaban durante kilómetros a la comitiva saltando y riendo, armando gran jarana, pinchando a Sombrerito con un palito o tirándole de la cola. Así se les pasaba la tarde a los mozalbetes, entre risas y chuscas bromas, pero ni por asomo pensaban, y bien que hacían, en la brevedad de aquel momento presente, de aquel chasquido de dedos que transcurría entre dos problemas. No se les ocurrió pensar que ya para siempre recordarían aquella tarde de jolgorio, el brevísimo rojo del pronto atardecer de enero y el carro, un tanto expectral, como la carroza del conde Orlok, alejándose por los caminos. Avanzaba el carruaje por las abruptas geografías, secas cuando no abruptas, y llegaba a otro cruce del camino donde ya -sentados los adultos en sus sillas de fieltro e inquietos como abejas las nuevas remesas de chiquillos- esperaban al elefante los siguientes curiosos de la siguiente aldea repetida o los que de lejos hubieran venido a contemplar aquella tan diferente cosa en la cual los aldeanos, hasta el momento, sólo habían creído de la misma manera en que creían, por ejemplo, en la esfericidad de la tierra: a regañadientes, medio entendiéndolo y medio no.

El conductor del carro, como si recordara de sopetón en qué país vivía, en qué maldita tierra, vio al toque el filón, la veta de peculio que se le abría sin ni siquiera despeinarse, así que tal y como hubieran, hubiéramos hecho todos, empezó a cobrar, primero la voluntad, luego fijando tasas, por dejar ver lo que llevaba dentro del carro, del cual descorría la encurtida capota apenas se juntaban dos o tres pazguatos dispuestos a pagar por ver lo que efectivamente nunca habían visto ni volverían posiblemente a ver, aquello tan diferente y tan nuevo que no era ni un cayado ni un plato vacío, un peine para las liendres, el brasero de picón, los aperos de labranza y los hambrientos hurones recluidos en el bidón; aquella cosa mágica y sin parangón que a todos deslumbraba y que reunía en torno a sí a los ricos y a los pobres, a los guapos y a los feos, a los viejos y a los jóvenes, a los tontos que hacían girar moscas alrededor de su cabeza y a los listos leguleyos levantaban los ojos de sus papelajos, a los curas de empobrecidos latines, a los boticarios en sus compuestos y a los maestros con sus varillas de punitivo. Se descorría pues la capota con muchísima frecuencia, quince y veinte veces al día, y momentos tuvo el cochero para pensar en su industria durante las muchas leguas del camino: en un momento anterior a cruzar la natural frontera de Despeñaperros, cerca del pueblo de Las Navas de Tolosa en el que la alianza de reinos cristianos venció muy contundentemente a las huestes almohades, el conductor del carro, cegado en un fogonazo crematístico -como si a Damasco y no a Madrid se dirigiese- entendió que no salía a cuenta restaurar en su lugar el recio toldo pues no hacían más que sonar y sonar las perras chicas, cantarinas e ilusionantes y haciendo el ruido de la fuente de aguas frescas en la noche de verano. Así, descubiertos, viajaron el homínido y el proboscidio hasta que el primero de los dos, cercanos ya a la capital, alumbrándose casi las primeras luces de la villa, decidió por prudencia, por el bien disponer de las cosas, dejarla puesta y cortarse un poco el grifo. No era cosa cabal entrar en la ciudad a calzón quitado, pero en los poblachos que al paso le salieran bien que podía sacarse todavía unos billetes extra. En un nuevo fogonazo, acaecido éste dos noches después del primero, el conductor del carro se apartó del camino más rápido y principal y se perdió durante días enteros por el páramo, en busca de clientes potenciales. A las aldeíllas aquellas les legaba una mañana o una tarde de asueto. Una al menos, una al fin.

Desde kilómetros había olfateado las pobladas axilas del humano, la grasa de su pelo y la profusión de cera en sus orejas. Por ello, aquel perro de considerable volumen pero de carnes escasas se acercó con el tiento y la mesura que le marcaba la natura y que había evitado que él mismo y todos los suyos, los perros salvajes, los indomeñables de los riscos, acabasen colgando de un olivo o, lo que resultaba manifiestamente peor, trabajando para sus enemigos en el control de los rebaños de cabras y ovejas. Pero también había olisqueado aquel perro de carnes escasas los sudores y las heces de Sombrerito, los efluvios extranjerísimos que se escapaban de su trompa, que sin duda resultaban total innovación en aquellos andurriales. Era noche cerrada en la meseta, hacía un frío terrible y lloviznaba el chirimiri propio de aquellos pueblos que no tienen ni para mostrarse holgados en lo tocante a aguas, torrentes y escorrentías. Al acercarse un poco más, a mitad de camino entre la curiosidad y el miedo, entre el fisgoneo y el recelo, comprobó el perro de escuetas carnes que el humano roncaba con el ritmo y con la fuerza de aquellos que no piensan en nada o casi nada y que tienen, por ello, pulcros y hondos los sueños, impropios casi de animales superiores. Sus manos, agarrotadas como palomas muertas, asían con avaricia un saquito de tela desde el cual otro homínido que allí se acercara hubiera sabido ver, al toque, el refulgente brillo de los metales que se intercambiaban por alimentos y por ropas, por propiedades y más propiedades. El perro de considerable volumen pero de escasas carnes se relajó al ver que su enemigo inmemorial dormía tan profundo y ladró quedamente para sí, una única vez y como si se riera, silbando entre dientes. Se acercó a continuación a la parte trasera del carro e introdujo sus hocicos, que eran alongados como los dedos de un pianista, por entre los pliegues del celaje de la capota. Supo al instante, si es que no lo sabía ya desde kilómetros atrás, desde el otro lado de las montañas, que el animal que allí dentro se encontraba no era de por aquí. Shhh, shhh, le susurró al oculto elefante a través del encurtido, abriendo apenas las fauces y sin perder ni por un segundo de vista el cubil en el que el conductor soñaba sus crematísticos sueños de más y más saquitos llenos de monedas, extranjero, despierta, extranjero... Y así lo hizo Sombrerito y fue a decir algo, pero el perro lo conminó a que callase, a que no dijese ni mu. A continuación, el perro de considerable volumen pero de escasas carnes aplicó sus hocicos a la cerradura, pero nada consiguió aparte de hacerse saltar uno de los colmillos. Luego, innegablemente vencido por la aleación de los metales que los homínidos llevaban perfeccionando desde hacía más de dos mil años, quedó unos segundos quieto, como si fuese de escayola, mirando con empatía y conmiseración los ojos mendicantes de Sombrerito, y como no supo qué más hacer se puso a ladrarle a la noche y a la oscuridad en un claro llamamiento a los otros perros que anduvieran buscándose la vida por las inmediaciones. Pero lo hizo tan fuerte que sus socorros -pues eso ladraba, socorro, auxilio, ayuda- despertaron de su sueño avaricioso al conductor, que dejó un ronquido a la mitad y repitió, en una idioma pegajoso aún, un quién anda ahí, un me cago en dios que te pego un tiro que te arranco la cabeza. Cogió entonces su arma, que debía dormir tan cerca o más que el saquito de las monedas, y disparó al bulto, primero una vez, luego otra, hasta que el perro de considerable volumen pero de escasas carnes no tuvo más remedio que abandonar a Sombrerito y batirse en alocada retirada. Disparaba el hombre a la oscuridad mientras el perro, ladrando, se alejaba buscando un agujero propicio, un doblez del camino, una arboleda frondosa. A ladridos, alejándose sin mirar atrás, le repetía a Sombrerito que nada temiera, que el campo era muy grande, tan grande como España. Que él pondría en aviso a todos los cánidos salvajes que deambulasen por aquellas sierras.

A la mañana siguiente había siete u ocho, pero al caer la pronta tarde eran cien o doscientos perros salvajes a los que pronto se vinieron a unir muchos amaestrados, todos los que pudieron, ya bracos de caza ya ridículos bichones malteses que escaparon de sus reclusiones. Se unían en apariencia al carro, al jaleo y a las carreras de los críos, pero lo que hacían en realidad era mandarle a Sombrerito mensajes de solidaridad animal, apoyos que los humanos ya no sabían interpretar porque habían olvidado ese arcano código que era como el verdadero esperanto de la primitiva Pangea, y que, desfasados, portentosos seres que olvidaban lo primigenio, venían siempre a traducir en el claustro pequeño, pequeñísimo, de sus cerebros, como guau guau; ánimo, extranjero, le decían sin embargo las mesnadas cánidas, no desfallezcas y que Dios te dé fuerzas para aguantar a estos cabrones, y no temas que algo hemos de hacer por liberarte y otras cosas por el estilo que el elefante iba de a poco interiorizando y haciendo suyas, convirtiéndolas en faunístico mantra. De ver a tantos perros acompañándolo, empezó a pensar Sombrerito por vez primera que existía, que debía existir por ahí, que en algún lugar del mundo se estaría gestando una Internacional de animales que sin duda no haría clasista distinción alguna entre el ganado, cautivo por definición, y los animales libres (y más que libres, salvajes todavía) que vivían en los riscos y en las selvas y que cuando se topaban con el ser humano lo confrontaban e intentaban darle pronta muerte: le resultaba ahora claro a Sombrerito que todos los animales, por muy diferentes que luciesen sus mil fenotipos y taxonomías, eran hijos de un mismo dios, si lo hubiere, o de la misma existencia, si se prefiere, aunque ésta fuese una mera casualidad o una excentricidad enloquecida de un universo brutal.

Ladraban, ladraban los perros hasta el paroxismo, ladraban tanto que, asonándolos, expulsaron a los curiosos agolpados en los caminos, tanto que el conductor no tuvo más remedio que echar la capota -aunque eso tampoco le viniera a servir de mucho- y taponar sus oídos con cera, argonauta sin Homero que a partir de entonces empezó a tener un poquito más de prisa en llegar a su destino, pues el viaje, que tan pingüe se mostrase hasta entonces, corría ahora el riesgo de convertirse en lobuna celada. Fueron tantos, tantísimos los perros que en torno al carro se arremolinaron que las gentes de los pueblos no poco se asuntaron, pues a pesar de todo lo sufrido desde la cuna todavía conservaban dentro de sí cavidades enteras reservadas para el miedo. En su desvarío de gente aburrida y medrosa que después acertaría de pura chiripa, empezaron a apercibirse los aldeanos de que a la masa tusa la comandaba un perro de considerable osamenta pero de muy escuetas carnes, de pelaje recio y negro como la noche, desgarbado y casi paticojo del cuarto trasero izquierdo, al que todos, sin saberse por qué, empezaron a llamar Carbonilla, un ejemplar de nada elegante trote y sin pedigrí que de algo le valiera, pero de audaz mirada y, de tan fino, escurridizo como los peces. Aunque los miedosos siempre habrán de pensar lo mismo, era aquella una bella escena. Debió haberlo sido. Una escena de un ibérico realismo mágico que se desarrollaba en la aburridísima submeseta sur que tanto trajinara el Quijano y que era bella a veces pero aburrida siempre: el carro traqueteando el camino y acompasado al atardecer del páramo castellano, el sol de invierno engrandecido, retirándose velozmente hacia el poniente extremeño, los perros ladrando en la atardecida y en la noche y en la madrugada, ladrando sobre ellas, sin respetarlas, sin considerar el descanso de los vecinos o el natural silencio de aquellas horas, los perros despertando al mismo sol con sus ladridos, los perros asonando el entero día y vuelta a empezar. Una escena demasiado bella, demasiado parecida a la virtuosa idea de la pura belleza como para ser soportada por los lugareños. Así que muchos aldeanos empezaron a envenenarlos mojando chuscos de pan en lejía o en aguarrás, introduciendo bolitas de alcanfor entre los migajones, y que ocurriera esto era previsible, triste pero previsible, y por lo segundo mucho más lo primero. Las camarillas de pedigüeños que florecían los caminos, las turbas gitanescas que chatarreaban de aquí para allá y los que con sus pústulas peregrinaban de ermita en ermita -los que no habían abandonado todavía la condición primigenia de nómadas, los que cada noche dormían en un diferente paraje, bello e inhóspito, arropados en su propia mierda-, veían a los perros agonizantes en el camino, temblorosas las piernas y llenas sus bocas de espumajos o ya volcados panza arriba entre los postreros estertores pero no se atrevían a hincarles el diente porque bien sabían ellos que los canes habían sido envenenados por los vecinos y no se fiaban, y bien que hacían, pues mejor era -por mucho que se dijera lo contrario con la boca pequeña- estar hambriento que muerto. Sentir hambre, no había duda, lo sabían, era por entonces, y antes y después y también ahora, el exacto síntoma de que se permanecía vivo.

Muchos cánidos cayeron en efecto. Pero avanzaba la mayoría de la camada al trajín del carro e incluso, obviando los venenos, aumentaba sus efectivos. Así que la guardia civil caminera, bastión último del control en los campos, encapotadas fantasmagorías de paseo por el agro, aparecidos entrevistos en los amaneceres de tajo, recibió órdenes de tirotearlos. O tal vez los tirotearon sin más, sin orden previa, qué importa. Repiten todavía algunos, la oralidad literaria de los que desconocen las enciclopedias, que esto ocurrió a la altura de los desfiladeros de Bailén, pero desde hace tiempo se puede aseverar, sin mayor riesgo a equívocos, que este dato solo responde en exclusividad a los intentos de asimilación del mythos canino que, en un sentido histórico y teleológico, intentaría refrendarse y darse así fuerzas. Lo cierto, sin embargo, es que las matanzas ocurrieron mucho más al norte, ya en las inmediaciones de la capital, y la profusión de osamentas encontradas por arqueólogos y eruditos de índole diversa así lo atestiguan. Este tiroteo divirtió a muchos números del cuerpo y satisfizo laboralmente a casi todos, y fue de rebote, de forma secundaria y marginal, excelentemente bien recibida por esos mendicantes y gentes del mal vivir del camino, que ahora sí que pudieron hacer acopio de proteína con total y arcana seguridad. En las crónicas del año, buscadlas y confirmarlo, se afirma que los cadáveres de los perros, secos como en taxidermia, se amontonaban por decenas y hasta por centenas en las lindes de los caminos, tal cual un maná carnívoro para hambrientos gentiles: los itinerantes transportaban entonces los cadáveres a las puertas de sus cuevas y chocillas y allí, en improvisadas fogatas, los doraban y los condimentaban con las hierbas que más a mano encontrasen, tomillo y romero y poco más, y primero comían los muslos delanteros y luego los traseros, a continuación el lomo y por último hasta las casquerías, y al final de la ingesta chuperreteaban los huesos y le extraían el tuétano jugoso. En cuclillas todavía, y por costumbre cavernaria que nunca se les terminaba de ir, miraban en rededor como buscando algún perro ancestral -no quedaba ninguno, está claro- al que tirarle el hueso mientras escupían las pequeñas bolas metálicas de los perdigonazos y empezaban a sentir la olvidada paz, el consecuente y hasta necesario olvido de la Historia, que traía el hartazgo del estómago lleno. Y todavía, con el estómago lleno y repleta la capacha, se seguían preguntando los caminantes a qué sabría aquella exportada masa gris de carnosa trompita que por primera vez en su vida, y última, habían visto traqueteando por los caminos aquel día: si estaría dura su carne en oposición a la dentadura de un viejo, si se podría sofreír con unos ajetes tiernos y un poco, quién lo pillara en aquellos días de tanta carestía como gazuza, de aceite de oliva. Existen todavía hoy eruditos de la historia social canina que afirman taxativos que el día en que Sombrerito entró en la capital del reino, día que coincidió por casualidad pura en domingo, eran centenares, hasta ochocientos o novecientos, quizás mil o más, los perros que lo acompañaban y, más que eso, escoltaban; aunque otros, para hacerlos comparar tal vez con la parábola cristiana de la entrada de Cristo en la ciudad santa de Jerusalén, afirman que eran solamente una docena.