Capítulo 4: Sentid pena. O de los tratados sobre el crimen y el arte popular
Práxedes Mateo Sagasta, o su más exactísimo reflejo en el espejo de las cortes -simétricos leones que en todo momento se reconocían como tales, como simétricos, como leones-, mandó desde los acuartelamientos cercanos a la capital a cientos de efectivos de la guardia civil, que en necesaria previsión desembarcaron en la ciudad días antes del evento y que -levantando una impresionante polvareda que los ángeles, desde las balaustradas de sus nubes, contemplaron entretenidos e indolentes, comiendo pipas- entraron en la ciudad un martes por la tarde como si ya fuesen victoriosos de algo. Eran ordenadas columnas de verdes hormigas que cubrían su bruñido exoesqueleto con un recio capote, que les redundaba en lo siniestro de sus perfiles, y con unas botas de altas polainas que habían besado los labios de muchos, que con fruición habían lamido los testículos de otros, y con unos extraños tocados en sus cabezas que bien mirados resultaban hasta futuristas y cuya sola mención cortaba la meada a todos los maleantes y a todos los desgraciados del país, a todos los pobres. Eran golems aunque de la tribu no elegida de Esaú, repetidos frankensteins de Ponferrada, de Puertollano y de Calatayud que tenían mucho de hambre y poco o nada de espíritu patrio, más liendres de piojo adheridas al pelo que auténticos deseos de servir a sus convecinos en el obligado sostenimiento de las públicas funciones. Eran apéndices cárnicos y semovientes de sus respectivos arcabuces que avanzaron por aquellas ampulosas calles sustantivadas con los nombres de los próceres patrios de la literatura del siglo de oro, de los magos de la pintura barroca, de los héroes más o menos patriotas que en latitudes tropicales, como ellos mismos, como los que ahora marchaban ante el laudatio de los madrileños, se habían dejado inútilmente la piel y la vida -y lo que resulta más importante, la esperanza propia y la ajena- en la defensa de una entelequia que se soñaba país y patria, misión y proyecto, acto y potencia de diecisiete o dieciocho millones de criaturitas; esa entelequia que reunía en su marsupio de desmemoria los tiempos pasados y los tiempos futuros y los aunaba, como haciendo magia, con hacendosas y embarradas manos de demiurgo creador, en el presente de aquel o este instante. Los hombres que asistían al desfile, con cierta curiosidad y un no menor miedo, se arremetían un tanto hacia los portales según avanzaba la serpiente, diríase se omitían o intentaban omitirse de la escena, pues eran sabedores todos ellos por pura experiencia, por empirismo social, de que una mirada más altiva de lo conveniente significaba hostia a palma abierta o puño cerrado en la napia o culatazo de escopeta en la boca. Ajenas a estas truculentas cuestiones, y desde las angostas cornisas de sus gineceos inaccesibles situados en los últimos pisos de los bloques, allí donde vivían encastilladas desde la primera menstruación y desde donde sus madres les defendían furiosamente el virgo, las mocitas se inclinaban gráciles sobre las balaustradas, flexionando una de sus rodillas, y tiraban guirnaldas de papelillo sobre los capotes de las hormigas de abajo, y así, con este gesto que ponía en el ambiente las miasmas de una cierta magia, las muchachas casi conseguían dar a aquellos servidores del Estado una apariencia de incruenta bondad -de picnic, de asueto, de domingo soleado- que no podía ser más falsaria. Se deslucía por completo el cielo, más mudo que nunca, más vacío que siempre, como reticente a participar en la chirichofa y displicente a embellecer los morenos brazos, las perfectísimas barbas ordenadas y los broncíneos perfiles de los guardias, insumiso a cubrir la escena, bella si bien se miraba, con su fulgente pan de oro. A pesar de lo nublado, todos presagiaban -los guardias en su desfile y los civiles que se arremetían en los portales, las muchachas en sus gineceos y los ángeles en el cielo- que no llovería, pues el ambiente era seco, como de esparto, más castellano que nunca, un secarral, vamos, un páramo, un lugar sin agua desde siempre pero ya ni siquiera con algún viento que refrescase el ambiente y se adventase los bahíos de la podredumbre y los suspiros de los amantes, las mentiras dichas en las esquinas y los chorretones de sangre oscura que cubrían las paredes.
La perfección en los movimientos y los perfiles de los perfiles de los guardias, si bien se miraba, no eran tal: no era tan hercúleos sus brazos como desde arriba parecían, desde los gineceos o desde el cielo, y en realidad sudaban mucho, maldecían al escupir y se quedaban calvos por momentos, y algunos, embebidos manifiestamente, se las veían y se las deseaban para trotar al ritmo y compás que seguían sus compañeros y ordenaban sus superiores; pensaban, todos, solamente en vino que por la boca se les desbordara, en jugar a la brisca o al julepe hasta que a ninguno le quedase ni una perra chica, en que les picaba la barba y les dolían los huesos de la mala vida y el poco cuido y en que les sudaba la prieta bragadura pero más le sudaban las axilas, y es que a pesar del enero en la capital y del breve ropaje con que se cubrían la masculinidad les quedaban, en torno a aquellas, sendos roeles de un sudor que estaría compuesto de pólvora y nicotina. Pensaban en arrasar las whiskerías apenas se acabase el magnífico desfile y la ciudad entera, bienpensante y superficial, dejase de observarlos. Sus épicas, de haberlas alguna vez conocido, se reducían a las del cerdo que gruñe en la zahúrda.
Avanzó el invierno, cayeron las hojas del calendario y llegó el 13 de febrero del infausto año que luego todos recordarían llorando por los rincones. Hubieran debido estar solventadas todas las contigencias para ese día, eso no hace falta ni decirlo, y así hubiera sido si el país, o sus habitantes que lo constituían, poblaban y desde dentro carcomían como laboriosas termitas, hubieran sido de otra manera, más sensata y menos extridente, más hacendosa y menos díscola. Pero bien sabéis todos que no era así, que era casi imposible que así fuese, pues todo o casi todo en el país, como en duermevela, como en hechizo, se mecía en la cadencia de la siesta y del vino, en el run run monocorde, pom-pom-pom, de yermos tiempos pasados: todavía, esa misma mañana del día 13, faltaban por colocarse los entablados que servirían de gradas supletorias y faltaba también que llegasen con su género los proveedores del vino y de la chacina que se dispensaría a quien previamente lo pagase. Faltaba también que para los graderíos nobles se dictaminase -los sitios de la plebe eran cosa bien distinta- quién se sentaría dónde y, sobre todo, junto a quién, y es que a pesar del desorden bien sabido era, desde siempre, que de aquellas conjunciones dependerían los devenires políticos, los matrimonios más políticos aún y los negocios de la más variada índole y no siempre legales pero, como todos, innegablemente políticos también. Faltaban, por cuadrarse, al fin, otros asuntos que a todos resultaban subsidiarios, flequillos sueltos que nada importaban, como cuánto cobrarían los teloneros enanos, por ejemplo, y en qué, si en billetaje o en prostitutas, si en especias o en prebendas, o qué cojones se haría con el elefante si éste resultaba victorioso y sobrevivía o si, como así deseaban todos, el extranjero resultaba a la postre vencido por el instinto bravo y patrio del toro producto nacional. De hecho, en el paroxismo de los billetes, en la lógica inmediatez del pueblo que no come más que tagarninas y maholetos y que bebe de los charcos, nadie o casi nadie había parado mientes en siquiera contemplar la posibilidad de que el elefante ganase el cruento combate, porque era muy triste pero no menos verídico que su suerte no importaría a nadie una vez se consumase la pública mascarada y acabase aquella especie de funeral y todos, saciados ya en la sangre ajena, vampiros del buche lleno, se fueran de una puta vez a sus casas. Allí donde sólo podrían hacerle daño a sus hijos o a sus padres.
Comprobando la indolencia sudorosa y como de color gris estúpido, el ritmo plúmbeo del tiempo ibérico, Sombrerito llegó a pensar que se habían olvidado de él, que a lo mejor había tenido suerte y que el engranaje del que era víctima y presa, aquello para lo que lo habían desgajado de su tierra y lo habían traído a otra tan lejana y desabrida, se habría detenido por lo que fuese. No era capaz el elefante de imaginar lo que le venía, lo que tendría mucho de Pasión y lo que nadie en su sano juicio se hubiese atrevido a imaginar pero que indefectiblemente seguía su marcha, estaba en marcha, giraba sobre si misma y en pos de la historia como las hambrunas, como las guerras, como los vientos que doblaban las esquinas y las olas que se derramaban sobre sí mismas y que marcaban el tic-tac del unierso. Como las estrellas que, apagadas ya, hechas bolas de fuego, se despeñaban a diario entre nosotros. Amaneció el 13 de febrero mientras los gallos cantaban en los patios anunciando el triste día y mientras recalaban en la estación, arropados todavía en lo nocturno, los primeros trenes repletos de espectadores legañosos, que vendrían desde Alcalá, desde Valdemoro, desde Los Ángeles de San Rafael y desde otros lugares más desconocidos y lejanos, y que recalaban a Madrid, no todos pero sí tal vez la mayoría, como si aterrizasen en Marte, con harapos de deportados, con ademanes de gentes que huyen. Otros habían llegado la noche antes o a lo largo de los días precederos para empezar el cachondeo ya, hoy mejor que mañana y ahora mejor que después, que ya se sabía que la locuela impaciencia era virtud inequívoca de los pueblos que, desde la amplia perspesctiva que daban siempre las postrimerías, se sabían advocados al desastre. Podía no haberlo hecho pero amaneció.
En los excitantes momentos previos, inminentemente previos, el evento alcanzaría para sus mejores tribunas, que incluían quitasol y servicio de hieráticos pero solícitos camareros, el equivalente a seis meses del jornal de un obrero sin cualificación. Tampoco estaban mejor las cosas para el resto de entradas, pues los precios del gallinero y de las demás zonas innobles del graderío, más accesibles en principio a la masa, se habían ido hinchando exponencialmente en los días previos, según las mafias se fueron haciendo con el remanente de entradas, y llegaron a alcanzar en la reventa el equivalente a un mes y pico de jornal de un obrero sin cualificación. Por ello, todos los que se encontraban en la tarde del domingo dentro de la plaza eran gentes de cierto postín y renombre, de la propia ciudad o venidos como ya se dijo del páramo castellano pero siempre de cierto postín y renombre aún cuando éste fuese más imaginado que material, más figurado que otra cosa, y aún cuando algunos de ellos, si no la mayoría, habían nacido en muladares de la capital o de la aldea, y habían empeñado hasta las joyas familiares para encontrarse exactamente allí y ahora, pues más que ricos hacendados eran la mayoría actores desde la cuna, culebras o pirañas sociales prestas al fingimiento que tenían un bonito traje, medias de seda, guantes de ante, lustrosos botines de gamuza y elegantes sombreros que vendrían de los mejores atelieres de la provincia pero vacío el plato del puchero y huera la chimenea; hidalgos manirrotos y alelados; representantes postreros de sus propias recosidas dinastías, inventadas y reinventadas hasta la náusea y el sueño; nosferatus blanquecinos, pijos o protopijos que se adentraban en los tiempos contemporáneos sin ni siquiera apercibirse de ello, con una enormísima candidez y un no menor infantilismo que a todos, también a ellos mismos, a ellos mismos los primeros, resultaban lesivos e insultantes. Daba igual todo lo anterior, pues fuesen como fuesen jamás, por ningún motivo, se habrían perdido ellos el evento, y Daba igual que mataran a un elefante o a un toro, o a ambos, o que despellejasen en el ruedo a un pobre, a un retrasado, a un maricón o a un moro. Era el 13 de febrero del infausto año de 1898, dos días después los yanquis se hundirían el Maine y pocos imaginaban, a muchos tal vez no importaba, que antes del final de año se habría perdido lo poco que quedaba de lo que en su día fue un imperio, el mayor en extensión de cuántos conocieran los siglos, más grande que del macedonio Alejandro, que hizo abrevar a su caballo Bucéfalo en el corrompido Ganges, y más grande también que el del segoviano Trajano, que llevó hasta sus máximos históricos el dilatado limes de Roma, inmortal manque vencida. Amaneció el 13 de febrero en una tierra que en partenogénesis se paría a sí misma y que, informe todavía y tal vez para siempre, pugnaba entre sus fangos ancestrales por forjarse patria y hogar pero que por entonces no era más, a alturas tales de la película, que un chiste malo malísimo, una risa estentórea y final, una sombra fantasmal a veces luminiscente y a veces desvaída pero desnuda siempre, un intangible hectoplasma conformado en exclusividad por entelequias que se paseaba en calma por las habitaciones de una casa abandonada rememorando, engolado y hambriento, los floridos días de la toma de Granada, de la batalla de Pavía y de la de San Quintín, los días enloquecidos en los que se iluminábamos a machamartillo el orbe entero, desangrando y desangrándonos por igual y llevando, allí a donde llevaran los vientos, la cruz y la sangre, algunas universidades y un cierto el ecumenismo universal, la koiné única y necesaria que ya expandiese Alejandro de Macedonia. Y todavía aquellos más recientes tiempos en los que la masa insustituible había correteado, hasta definitivamente expulsarlo más allá del septentrión pirenaico, al ejército francés aunque no, no todavía, a sus monarcas. remendándolos en su cerebro para así darse gusto a sí mismos en un ejercicio de lo que podríamos cabalmente denominar onanismo histórico, un manoseo o magreo colmado de repugnancia, torpe y desmañado y antísesis del placer; recociéndolos en las recámaras de sus mentes, allí donde trabajaban los explotados duendes del deseo, de la ficción y el drama, ese exacto punto en el que ellos, no pasaba nada por serlo pero serlo lo eran sin duda, se mostraban profundamente débiles en la percepción y asimilación histórica igual que a muchos no les petaba el trabajo y otros se mostraban nada duchos en las filingranas del amor; rememorándolos, en suma, como si así estuvieran más cercanos a volver. Estaban malos los tiempos, campaba doquier la desesperanza, y resultaba terrible vivir en la prórroga de una era, en el descuento insalubre que acompaña y prosigue a los días de felicidad etílica y farra entre amigos íntimos. Resultaba terrible, y antes que terrible profundamente agotador, vivir en las postrimerías del todo. Era el 13 de febrero del infausto año. Podían haberse negado los cielos, podía no haber amanecido. Pero lo hizo.
Eran exactas antítesis de ascetas, chispazos que brotaban aleatorios y que se perdían en la inmediatez de un pestañeo, como pequeñas bombas que explotasen entre dos callejones. Eran la exacta masa amontonada que repugnaba a los organicistas de Ortega y Gasset y a los darwinistas sociales de Augusto Comte. Eran no más que la pura, jocosa y desenfadada, sin duda ignorante pero probablemente feliz, expresión del volkgeist nacional, si es que alguno había. Y era el país tristón siempre e inviable la mayor parte de las veces, y montaraz y desabrido, y monocorde y duro como la ternilla, pero era también festivo y presto a lo jocoso y lo distendido cuando se le dejaba, al cariño y a la bonhomía cuando no arreciase la impostura y en el engaño. Se podría haber llamado el país Guerra (o Hambre, o Pandemia, o Dolor, o directamente Muerte), pero también de mil diferentes formas, algunas muy afortunadas y bellas, reconfortantes y consoladoras, como Hechizo, Futuro, Olvido o Perdón. Como Ecualistán, Fraternalia o Amor del Sur. Intentando la medición de lo imposible, los acólitos de Ortega blandirían en el aire sus escuadras y cartabones y verterían lágrimas amargas, lágrimas verdaderas, por la decadencia de la patria, por su imparable desdoro, por su secular invertebración. Lo harían sin apercibirse nunca de que la infamia y la inquina que nos corrompían y curiosamente nos elevaban y nos hacían fuertes (esa infamia y esa inquina que ya debían poseernos, que sé yo, en Covadonga y en las Navas; la que sordamente nos guiaría en el alcázar de Toledo, en el monasterio de la Virgen de la Cabeza, en la plaza de toros de Badajoz y en los desniveles de Paracuellos) constituían precisamente nuestra meridiana forma de ser, de igual modo que los franceses hacían revoluciones y los ingleses té. Nunca entenderían los orteguianos que uno tenía que asumir tales cuestiones a la vez que tenía que desecharlas, que tenía que afrontarlas y comérselas tanto en las noches de canícula en sus pueblos como cuando, mascullando, se exiliaban a esas otras tierras que sí amaban a sus hijos y que no eran un inmenso páramo con costa, a esas otras tierras que al menos afirmaban amarlos y no despreciarlos; a esas otras tierras que intentaran disimular, dando eco a los vahídos de trasnochados aedas, su paritaria condición de páramo. Extraviados, para la central Europa, se encontraban pues los orteguianos. Y se maldecían y flagelaban cuando arcanamente, con el hígado o el estómago y sin lenguaje que les valiera, descubrían que también dentro de sí se agitaba el monstruo de la cierta desidia y el total encono. Se maldecían y flagelaban cuando al final de la carrera entendían que aquí lo colectivo giraba siempre, habría siempre de girar, en torno al derramamiento de sangre, ya fuese ésta a limpia cuchillada, ya a miserable torniquete. Nacía, así, muerto el noventayochismo, muerto el regeneracionismo que nos había de situar definitivamente, esa era la teoría y no otra, en la mitad de Europa, de nuevo en ese centro del mundo que se había perdido desde que los hombres del norte inventaran la imprenta e hicieran la Reforma y atlantizaran ya para siempre la Historia.
Alguien o algo, por todo el contorno, había esparcido pétalos de rosas blanquecinas que amanecieron perladas de rocío, yacientes entre las basuras. Con maneras propias de ejército godo, la informe y enervada multitud tomó desde buena mañana los rededores de la plaza y para el mediodía, bajo un sol flácido que parecía restañar plata a los edificios, aquello se había convertido, no podía ser de otro modo, en el más fastuoso carnaval que pudiera recrear François Rabelais, en el mayor espectáculo que analizara luego Mijael Bajtin; y es que tenían aquellas depauperadas gentes su jornada de asueto al fin, y de tantas estrecheces como pasaran desde la cuna mostrábanse ahora natos derrochadores de lo poco que tenían o de lo mucho que afanasen. Nunca, a lo largo de los repetidos días de la humanidad, se mostraron los pobres tan pródigos en el derroche, tan dilapidadores de lo que no tenían, tan conscientes de lo breve. Allí se arracimaban en caterva, juntos y revueltos hasta conformar un único ser de mil pequeños cerebros, las castizas con flores en el pelo y recónditas faltriqueras y los que fingían su propio desvalimiento y escondían pies y brazos, sanos pero agarrotados, debajo de fajas sudadas y vendas innecesarias; los ociosos de toda índole y condición, las prostitutas con los pechos perfumados de jazmín, los proxenetas con su sonrisa de esqueleto, los vendedores de agua de regaliz y de picadura de tabaco. Estaban los prestos navajeros, que saltarían a la primera, como si ellos mismos -los dedos más rápidos a este lado del Henares- fueran el muelle. Estaban los trileros que en silencio se maravillaban de que todavía, agostándose la decimonovena centuria de la era, descubiertas las más perdidas geografías y casi el mundo entero, descubiertas la penicilina y la electricidad, les siguiera funcionando aquel timo de cuyo origen ni memoria se tenía, aquel consabido despiste de los tres cubiletes y el billete que volaba desde el bolsillo del marmeto al bolsillo del superviviente. Y estaban, sobre todo, los carteristas de alongados dedos de pianista, escurridizos como peces coleteando, predilectos de los bolsos y monederos de despistados, señoronas, bobalicones y catetos arribados desde el chora a la polis con motivo del social evento. Profusión de búcaros, pañuelos al cuello, chotis por un tubo, bravas patillas de bandolero y gorras atornilladas sobre las testas, pero la estampa costumbrista no alcanzaba a ocultar los patibularios perfiles, la piel curtida de los malos trabajos y las facies de la malnutrición y la picaviruela, los entrecejos velludos y morenos de aquellos seres que eran mitad ibéricos y mitad lobos y que ochenta o noventa años más tarde, mil guerras después, hubieran llevado j´hayber blancas y chupas de cuero y hubieran escuchado a Leño. Se perdía la individualidad de los cuerpos y hacía su aparición la masa, pero eso no impedía, y antes potenciaba, que entre ellos circulasen fluidamente, como la droga, los crótalos y las guitarras, algunas humildes viandas de chacina y centenares de botijos, botellas y botas de vino, que pasaban alegremente de mano en mano y de los cuales, sin discriminación de familia o amigos, tanto hombres como mujeres, y también los infantes y por supuesto los viejos desdentados que habían venido con sus sillitas de fieltro, bebían sin reparo y con fruición, con la mediterránea pachorra que honraba a Baco y ahogaba a Descartes en amontillado, con esa misma parsimonia que llevaba tres mil años emborrachándose en las orillas de un lago que era el nuestro y también el de todos. Se embebió de vino aquel magma esponjoso hasta que el buen rollo primigenio, pasajero y alienante, que traían en inicio los alcoholes se trasmutó en algo menos inocente, en algo necesario y cabrón, en algo que arañó al unísono los cristales y las entrañas, las rejas de las iglesias y las mullidas almohadas de los que dormían tranquilos la siesta porque hubieran decidido, tras pensarlo poco o nada, absolverse a sí mismos. Las uñas sucias arañaban la tarde y la desgajaban, y los mil odios que acumulaba y hasta diríase atesoraba la masa, los mil odios que al fin y al cabo eran su motriz energía y su poderoso legado al tiempo futuro, les subieron por las entrañas y se les manifestaron abiertamente en la cueva de sus bocas, allí donde sus lenguas ofidias se revolvieron inquietas, como larvas entre la grieta. Estaba suelta la masa, estaba liberada después de tantísimos días, años, vidas enteras, de aceptaciones y de misas, de permanecer tiesa y callada; sostenida en tal intervalo, su conciencia acéfala se veía libre de la miedica ruindad que estaba siempre al alza y que parecía vivir la vida por ellos pero que, por otro lado, justo era apuntarlo, ni siquiera era su estricta culpa o responsabilidad, primero porque la masa no entendía ni de culpa ni mucho menos de responsabilidad y segundo porque sus angustias y sus miedos, en último término, venían determinados por los acervos, insondables como el mar profundo, a flor de piel como el sudor, de sus más antiguos padres epónimos.
Dentro de la plaza, los afortunados aplaudieron a los enanos, la telonera caterva en la que se pensó desde primera hora. A mitad de camino entre el niño torero y el payaso triste, espantajos de Valle Inclán y de Solana, Estesos y Pajares de aquella época, los enanos se ejercitaron en sus gimnásticas acrobacias, realmente loables y sorprendentes, tan técnicas y tan bien traídas que hubieran sido dignas de exhibirse en algún teatro de Nueva York que se interesase por los folclores desquiciados de aquellas razas crepusculares que, entre falsos divertimentos, entre alienantes alcoholes destilados en sus propias covachas, se allegaban al final de la partida, al recodo de la historia. Los presentes se congratularon entonces, pues aquella y no otra era la teleología social de la tal mamarrachada, de ser meridianamente normales, de no asimilarse, de lejos siquiera, con los saltimbanquis; así, cazurros más o menos obesos, más o menos calvos y más o menos bautizados que tenían, a Dios gracias, entera su carcasa cristiana y todos los miembros en su sitio, se alegraban de no verse obligados a arrastrar sus perfiles por las plazas de tercera y por las verbenas de mil tristes pueblos de los páramos meseteños del norte, allí donde nunca había de llegar ni la red ferroviaria ni un triste pescado y donde las más de las veces era la cohorte de enanos recibida a palos por los lugareños -tal y como eran recibidos los circenses, los buhoneros y los iluminados de las mil diferentes epifanías- y obligada a huir por los caminos de tierra y por las sierras de la calígine, ataviados todavía con sus espantos de traje, con sus coquetas monteritas y sus espaditas de latón y todos sus deslucidos atavíos. De todas formas, eso ahora daba igual porque este era el gran día y ellos eran teloneros (aunque, como ya se dijo más arriba, nunca primordiales galanes) del evento que marcaría la época, aquí, en la capital, ante seis mil o diez o veinte personas, a 13 de febrero de 1898. Nadie entre los presentes en la plaza, público abúlico, publico hambriento pero ciego, acertó a notar en las miradas de los enanos la chispa del alcohol, la tilde del vino, el mohín cínico y cabroncete que se les aposentaba en la comisura de sus bocas y que les daba un aire de soterrada perversidad, de niños nocivos que en silencio jugasen con objetos punzantes a sus juegos de mata y muere. Nadie entre el público advirtió que por dentro los enanos se reían más que nadie, y que entre dientes, según costumbre gremial y código bajuno, se repetían y contagiaban, a partes iguales, el gregario compañerismo y el odio contra el público asistente. Eran auténticos bufones de los de toda la vida, y sólo les hubiera faltado trocar en cascabeles y en coloridos gorros octópodos sus monteritas de lentejuelas y sus zapatitos con borlas. Sonreían, hacían reverencias tan pomposas como chuscas al público. Como tales burlones, disimulaban a la perfección su rencor infinito hacia los amos:
- Mira a esos imbéciles, míralos... Todavía prefiero yo estar de gira por los pueblos deprimidos de la meseta que trabajar para estos paletos de ciudad, bien lo sabe Dios...
- Han pagado por esto... Me cago en sus muertos, han pagado por esto... Pero qué público más tonto que tenemos... Cuando me encuentro mal pienso que no soy uno de ellos y ya se me pasa.
Tal mordacidad, no obstante, no fue óbice para que hicieran bien su trabajo, pues eran cabroncetes y redichos y problemáticos las más de las veces pero no eran ellos precisamente los tontos de la jornada, y sabían que si querían comer tenían que seguir con la mierda aquella de las cabriolas y el saltito, manejar los tiempos de la tarde y entretener a los asistentes hasta que éstos, delante del espejo deforme, terminaran de deprimirse. Hicieron pues bien su trabajo los enanos saltimbanquis, se ganaron bien el jornal, consiguiendo, con sus leñazos y coscorrones, soltar el muelle de la hilaridad de todos los apostados en los graderíos menos caros (baratos no los había, como ya vimos), los cuales esputaron restos del bocadillo que con ellos traían y mostraron sin reparo alguno la campanilla de sus bocas. Los señoritos de la tribuna, aunque tal vez disfrutaban del zafio show de los enanos más que cualquier ferrallista de Orcasitas, más que cualquier porquero de Socuéllamos, se guardaron bien y como siempre de mostrar sus verdaderos sentimientos, pues para ello, para ocultarlos, habían sido finamente adoctrinados desde la cuna; para la contención y el disimulo, para reír bajo cuerda y llorar en privado. Hicieron como que el espectáculo freak al que asistían, zafio y ridículo, materialización de la vulgaridad, simple preludio y a la vez antónimo máximo del verdadero Arte, no iba con ellos, pues ellos decían disfrutar mucho más con las obras de Albéniz, de Granados y de Falla, aunque los conocieran solamente de nombre y lo que en el fondo les gustase, como a todos, fuese el género chico.
Los unos con capelo, los otros con Cruces Laureadas de San Fernando, algunos con rígidos tricornios que por respeto a todo se quitaban de la cabeza y que sostenían elegantes sobre el muslo, como discóbolos de verde caqui a los que sin embargo les viniese a faltar cualquier otra referencia al equilibrio propugnado por Praxíteles. Todos ellos aparentaron universos de distancia y desafecto respecto al espectáculo de los contrahechos, disimulando apenas, bajo historiados quitasoles, desabridos gestos de elevadas y etéreas ínfulas; postureo de gentes de bien que eran tan tradicionales como modernos (carcas a la vez que snobs -y daba igual, pues tanto los unos como los otros abrevaban en la misma reseca cochiquera, vieja de siglos-) que nunca en su vida se habían sentido inseguros, temerosos, vencidos por algo o por alguien, desplazados o ninguneados, dejados de lado. Jugaban y no vivían los señoritos, eso era manifiesto hasta para las moscas que rondaban las bocas abiertas de los bobalicones, y delante de aquel espejo terminaban de deprimirse los señeores, diríase se descomponían como Dorian Gray confrontado a aquel retrato que pudo ser bello en su día, quién sabe, pero que llevaba años de todos los colores siendo infame. Jugaban y no vivían los señoritos y en consecuencia se aburrían ellos mismos y aburrían hasta a las plantas y aburrían sobre todo y con especial inquina al prójimo, a todo aquel desafortunado que se rozase con ellos, a todo buen vecino que se cruzase con ellos por las calles y recibiera, en ataque, en feedback inverso, los chispazos inermes de su mortuoria energía, los calambrazos que con la celeridad de todo lo malo ellos, excelentes conductores, como de platino, psicompos, hacían viajar desde el muerto al vivo, desde el viejo al joven, desde los aburridos a los que todavía conseguían ilusionarse con algo que fuera mínimamente real. Eran Midas inversos los señoritos, y esa era su guerra, su batalleo, al fin y al cabo su teleología histórica, su forma de ser y estar y permanecer, su conciencia de clase y su forma de acercarse venturosos a los cielos. Se encontraban en los graderíos nobles, por supuesto, todos los hijos de puta sin alma que habían ideado aquella nueva forma de explotación y saqueo que aquella tarde, con desusada ilusión, se estrenaba, pero apenas pensaban éstos en el espectáculo de purísimo arte del que, bienaventurados, iban a ser espectadores; pensaban, como no podía ser de otra forma, en la ciencia crematística, en carteras, bolsas y faltriqueras que de tan colmadas ni se pudieran cerrar, en billetes y en más billetes, en hacer billetes y en las propias máquinas que hacían billetes; en cómo transmutar en billetes fresquitos, de los que todavía cantaban cuando se aireaban junto al oído, el sudor ajeno. Luego se preocuparían de que iban a hacer con Sombrerito, si lo fileteaban y se lo comían en un acto de esnobismo residual, agrario, exoeuropeo, en una capea en la que todavía tuviesen la desvergüenza máxima de soltar un par de vaquillas con las cuernas capadas, para que los mozos las correteasen; o si lo venderían a un circo, cosa que, de sobrevivir el animal, resultaría lo más pecuniario y por ello, también, lo más plausible. Donarlo al parque zoológico de la Casa de Fieras del Retiro, que mostraba entre sus jaulas tal tal y tal, incluso algún tal, pero que no contaba entre sus huéspedes, digamos en su stock, con un elefante, hubiera supuesto una ingenuidad, pues a pesar del fiasco de la tarde todavía se podía y debía sacar rédito económico a Sombrerito, y era cosa de buenos patriotas y hasta de cabales católicos el hacerlo; así, aparte de a los inversores, a nadie importó ya la suerte del elefantito, pues faltaban todavía muchos años para que arraigaran en la sociedad las cuestiones animalistas, ecologistas y ambientalistas, pero algún espíritu sano de la época -no es desechable, en principio, la idea de que hubiera alguno, de que aún quedase alguien en algún lugar, sentado tranquilo en algún banco de alguna plaza, comiendo pipas o bebiéndose un quinto de cervecita fría, amable y amante de los suyos, pudiera ser que hasta en paz- ya pensó que lo más elegante, lo que aunque no hubiese cerrado la herida infringida al universo la hubiese restañado un tanto, lo que hubiera hecho del país y del planeta un algo habitable, un sitio mejor, hubiera sido que devolvieran a Sombrerito a su tierra natal, con su gente, que lo retornaran a su esencia edénica, a su Arcadia íntima, y qu rezasen, píos y conpugnidos, y callados al menos por una puta vez, para que el elefantito primero y luego la Pangea entera les perdonasen aquella felonía y aquella desvergüenza, aquella cabronada.
Al volver a chiqueros, los enanos fueron brevemente felicitados por su explotador, que de una cartera colmada sacó unos cuantos billetes, vencidos y laxos de tan manoseados, que parecían exudar un insano aceitillo, y se los entregó al que fuera el jefezuelo de los artistas. Acto seguido, el explotador se situó en el centro de todos ellos, y de una talega marrón sacó unos embutidos y unas chacinas, un queso de tetilla, dos medios de pan, once botellas de vino tinto -una por cada enano, que ahí eran éstos inflexibles y el explotador bien sabía lo que les valía a todos- y también algo de picadura de tabaco, papel y lumbre y un pedernal, y hasta las tres cuartas partes de una rueda de churros ya apergaminados que le habían sobrado del desayuno y que les endosó a los enanos como regalito extra, como postre, y, aún sin churros tiesos, eran tales viandas todo un potosí en aquellos tiempos en los que, por lo general, de primero se comía tagarninas y de segundo aire, y de postre se daba un largo paseo con las manos atrás para aligerar el simulacro de la ingesta. Soltó la comilona entre los contrahechos como el que alimentara cocodrilos, temeroso de que aquellas bocachas de hambre, de primigenias bestias que consistieran exclusivamente en una mandíbula batiente de dientes irregulares, mordieran su pilosa y varonil y perfumada mano, la de dedos regordetes sin mácula, la de uñas pulcrísimas, la que a aquellos mismos cabrones alimentaba; pero más temeroso aún se mostraba el explotador de que el mero trato físico con los enanos -no el mercadeo, eso no, eso nunca, eso iba para adelante siempre- implicase algún tipo de mal fario, alguna especie de maldición, como si la desproporción fuese contagiosa a nivel físico o se pegase con el solo respirar, con el compartir espacio y tiempo con los retacos. Los dejó allí, contentos en su cochiquera de tan zafias nimiedades, de tan prosaica simpleza, felices del trabajo acabado pero sobre todo de los recién cobrados jornales. Se alegró también visiblemente el explotador cuando inició el camino de vuelta, con los suyos, con los hombres hechos y derechos que olían a puro y no a cuadra y que no tenían roña en las uñas, y con las mujeres, bellísimas todas a base de ornamento puro, que olían a perfume parisino y nunca a cebolla. Subía pues las escaleras de camino al graderío noble con cierta y tal vez muy comprensible prisa, sacudiéndose de las solapas imperceptibles miasmas de mierda y mirando soslayadamente hacia atrás tal y como si temiera que algo, lo que atrás le quedaba, lo acometiese por la espalda, lo arañase, lo derribase y ultrajase con uñitas descarnadas; lo maldijese y lo condenase y lo obligase a permanecer allí por siempre, con ellos, con los perdedores.
