Capítulo 5. Así arda Gomorra. O de la vida a pesar de todo
Toda la sobremesa la pasó Sombrerito escuchando el rugir de los miles de sapiens que se apostaban en las gradas. A las cinco pasadas entró su explotador en escena. Era un hombre con la mandíbula muy marcada, traía las axilas muy sudadas y blandía sonoramente un grueso cimborrio de caucho. Sombrerito, sacando unos arrestos de no se sabe dónde, lo miró de mamífero a mamífero, utilizando los párpados que a los dos seres definía, y no más que con la anciana mirada, pausada y mesmerizante, le dijo a su abusador que no era necesario, ni mucho menos, recurrir a la violencia; que bajase el palitroque, que nadie tenía que herirlo antes de tiempo. Acto seguido, dignísimo él, lo apartó suavemente con su costado, teniéndolo casi en conmiseración, perdonándolo, y avanzó hacia la puerta que al cadalso lo conducía. Vislumbraba ya el ruedo el elefante, las masas saltaban al unísono y hacían temblar el techo de enyesado, que por sus grietas soltó un polvillo que vino a ensuciar, blanqueándolos, el lomo y la cabeza del elefante.
Salió Sombrerito a la plaza y fue cegado momentáneamente por un fulgente sol, que se mostró ausente el resto de la jornada pero que pareció querer alumbrar precisamente aquel único instante, el más bello de la tarde muerta y casi del siglo que se acuchillaba a sí mismo. Nadie, todavía, le había quitado al elefante el sombrero que le diera su nomenclátor, y algunos niños, unos pocos, aplaudieron y lo vitorearon y le dieron la laudatio que se daba siempre a las cosas novedosas. Pero todos los adultos sin expeción, miedosos por todo y de nada, seres que parecían haberse quedado en la vida para temblar, sintieron un alongado rebrote del ecuménico desprecio por el africano que habían experimentado desde que, semanas antes, se enterasen del evento y elucubrasen con su sangre. Observaron así, unidos y reunidos en torno a algo después de noventa años, un oportuno y patriótico cierre de filas en torno a todo lo que en sus cabezas alucinadas representaba el toro, que unos dicen llamábase Anisete y otros Brabuco, aunque bien es cierto que este punto nadie lo puede aclarar a ciencia cierta y que el nombre del astado, incidiendo esto en su leyenda y mitología, se ha perdido, tal y como se pierden tantas y tantas cosas, en el maelström de la desmemoria.
Atisbó Sombrerito al astado anónimo, que desde el otro extremo de la plaza parecía retarlo pasando repetidamente la pezuña derecha sobre el albero. Fue entonces cuando, a pesar de su corta edad, de su impericia en el trato con las cosas de los hombres, entendió Sombrerito al fin para qué lo habían traído a aquella tierra extraña y para qué lo soltaban en aquel círculo que parecía hecho de fuego y era de muerte. Entendió, en los estribos de la historia, cual era el sentido de todo aquello, de la captura, de su viaje por el mar y de su viaje por Andalucia y por la meseta de Castilla, de su reclusión en los cobertizos capitolinos, oculto para todos como un diamante ignoto. Entendió, al fin, cual era el proyectado epílogo de la mascarada en esta catedral oblonga, que parecía erigida especialmente para honrar el óbito de propios y extraños. Se asustó Sombrerito, enormemente, cuando vio que en un principio prevalecía el instinto bravío y no precisamente natural del morlaco, que refunfuñó ostensiblemente y arremetió contra el paquidermo hiriéndolo levemente, muy levemente, en la pata trasera izquierda. En respuesta, y casi sin querer, Sombrerito giró su cabeza y punzó con sus colmillos de infante el blando vientre de lunares del toro, y los espectadores, que actuaban en la práctica como un tercer y unívoco actor, rugieron y aplaudieron al unísono, meridianamente satisfechos, pues consideraban, dentro de sus malditos criterios estéticos, que aquel primer envite de la tarde había concluido en un más que salomónico y justo empate, en unas puntuales tablas que redundarían en la ulterior emoción de los subsiguientes rounds. Algunos niños pequeños aplaudían con las manos rígidas, buscaban instintivamente la mirada de sus padres y con ojos radiantes les decían papá, hacía mucho tiempo que no nos divertíamos así, ¿verdad? o incluso esta es la tarde más bonita de nuestras vidas, ¿a que sí?, y lo peor residía en que todo esto era asquerosamente verdad, pues lo usual era que los padres ignorasen a sus hijos igual que a ellos los habían ignorado sus propios padres. Por generaciones, por todos es sabido, los niños se venían criando solos, hablando con los aparecidos que pululaban por sus humildísimos habitáculos y protegidos nada más que por una luna lunera que cada noche, sin excepción alguna que valiera, vendría a recordarles que resistieran en sus juegos y en sus sonrisas y que jamás se dejasen vencer por la estupidez y la ignominia, por la zafiedad y la brutalidad de sus padres, que no cejasen hasta haber superado en el amor, lo que no era difícil empresa, a sus pírricos progenitores. Pareció a continuación que el toro volviera por sus fueros, que le prevaleciera todavía, después de una primera sangre vertida y ofrendada, el odio con el que el sapiens, con su ciencia, lo había programado en los últimos cien o doscientos años. Inició incluso, si bien es cierto que sin mucha fe, un trote que vino a parar a unos metros de su enemigo. Respiró luego con doliente hondura, movió su cabeza sacudiéndose el sudor, que era mucho ya, estornudó espasmódico y dijo sorpresivamente mátame, muchacho, mátame rápido y acabemos con esto, que estos cabrones no van a dejar las cosas así, que yo los conozco de sobra y sé que quieren lo que quieren. Que no atienden a nada más, que no paran mientes en ninguna otra maldita cosa que no sea su propia cartera y su hedonismo efímero. Mátame, africano. De todas maneras, y pase lo que pase, harán chorizos con mis intestinos y un guiso al jerez con mi rabo, y colgarán mi morla en el salón familiar de algún cortijo de por aquí. Pero tú tienes posibilidades.... Alguna posibilidad tienes... Como mucho te internarán en un zoológico y los niños de los ricos te alimentarán con avellanas y cacahuetes. Y no es mala vida esa, no creas: no hay muchos palos, y comida dicen que nunca te falta, que los señores que irán a verte querrán encontrarte gordito y saludable para que sus propios simulacros de vida sigan teniendo sentido. A lo mejor te venden a un circo, y aunque dicen que la vida nómada es dura y los circenses tienen la mano larga, siempre podrás ver mundo. Esta tierra es bella, aunque esté maldita. Los pueblos son preciosos cuando la humanidad se harta de putearse y todos se van a dormir... Escuchaba Sombrerito al toro y sentía que se le abrían las carnes, que un dolor, que sin duda era desconocido para todas las criaturas nacidas y criadas libres allá en la sabana, le carcomía definitivamente las entrañas. Era tal vez conciencia, tristeza sin duda, emocionada aceptación y súbita madurez, el quemazón de una callada pero irrefrenable solidaridad para con todos los que sufrían presidio en jaulas, pocilgas, perreras y circos. Afloraron entonces lágrimas a los enormes fanales de Sombrerito, gotas que hubiesen colmado enteros cuencos de salmorejo pero que pasaron inadvertidas a los apostados en las gradas, demasiado obnubilados en su juerga maldita como para detenerse, aún por un miserable segundo, ante el dolor universal de la sangre y la pena. Sombrerito y las bestias, Sombrerito contra todas ellas, Sombrerito enamorado al hacerse consciente, en aquel trance, de que representaba a todos los animales que a lo largo de los milenios habían sido fileteados por el sapiens en todos los cazaderos de la prehistoria y en los mataderos de tiempos más recientes. Supo, y eso le asustó, que le tocaba ser el estandarte tardío de todas las milanas que hubiesen sido abatidas en las dehesas, de todos los galgos colgados de un chaparro, supo que su carne representaba, y allí aunaba, a todos los inocentes cuyo sufrimiento se especulaba como necesario, y en efecto así lo era, para que otros pudieran seguir solazándose y viviendo la vida regalada. No podía imaginar el elefante, sin embargo, que de aquella arena, insangrienta casi, sería catapultado al mythos de la fauna, que su historia sería contada y remendada en cientos de cochiqueras, en miles de granjas, y que sería su recuerdo, por lo aleccionador en el ejemplo, el que en adelante aglutinase, reviviese con nuevos bríos, el ethos de todos los así llamados animales. Tal vez, de haberlo conocido, Sombrerito y el toro, furibundos, hubieran seguido el ejemplo de Moby Dick y hubieran arremetido contra los sapiens, y allí mismo, sin más componendas, hubieran dado muerte a gran parte de ellos, a todos los que hubieran podido, a todos los que hubieran pillado por delante, uno tras otro y sin distinción de ropajes o de títulos hasta que la guardia civil, a tiros, les reventase a ambos la cabeza. Pero Sombrerito negó y negó con la cabeza toda la violencia propuesta, y el toro hizo lo mismo, y así decidieron, llanamente, que no iban a participar, que no se iba a pelear ni entre ellos ni contra los sapiens ni contra nadie. Miró Sombrerito a la masa orteguiana que años después gritaría simiesca en los campos de fútbol pero que por ahora se asesinaba lentamente en espectáculos de ésta indole, y si hubiera conocido su código lingüístico les hubiese exhortado, elevando a los cielos su trompita, haciéndola sonar como debieron hacerlo las trompetas en Jericó, a que buscasen mejores divertimentos, unos más sanos esparcimientos, la forma cualquiera de quemar sus vidas en espera de la muerte que no supusiese el dolor, la alienación y la plusvalía de cualquier otro ser vivo y doliente. Que hicieran croché, que jugaran al parchís, que coleccionasen dedales, que salieran a pasear con sus hijos y les explicasen, con parsimonia y no con más rabia, que las cosas no tenían por qué ser así de groseras y deformes, de estridentes y vacías, y que ante el borreguil desdén ecuménico de los adocenados siempre se podría alegar, o blandir como ceporro, una sonrisa que es cierto no alcanzaba para socializar los medios de producción -recuperarlos se entiende- pero que jodía, enervaba, mataba en un profundo sentido, de palabra y de sentimiento, a todos aquellos inermes y poderosos; una sonrisa, apenas una mueca a veces, que aligerase el corazón del venturoso y suspendiera en antiguos pozos abisales, como los de la infancia nuestra, el del tibio. Les hubiera dicho, en suma, lo que Ortega solo había alcanzado a balbucear, lo que había de quedar bien desnudo, expuesto para todos, apenas los norteamericanos se hundieran el Maine y los tagalos, con machetes de a metro, empezaran a desbrozarse la propia selva.
De a poco, confundiendo los vapores que el frío les hacía restañar del lomo, los animales se fueron acercando. Se miraban y se contemplaban sin prisas, tan hermanados en la desdicha como diferentes en sus fenotipos, reconociendo la perfecta belleza y la armonía sin nombre del otro, los nacientes colmillos y la elegante trompa, los ojos de anciano del elefante y el bruñido, recio pelaje del bovino, las cuernas moteadas en la punta, el portento de su cuello. Se mostraban ambos dispuestos, por tácito acuerdo, a dejar pasar la tarde como si no fuese con ellos, como si entendieran que el universo era eterno y que ambos eran algo diferente a los enanos, algo opuesto, y por supuesto algo mejor que los imbéciles que pasaban la tarde en la grada. Parecían los animales dos situacionistas que en mitad de una avenida se parasen a contemplar el día, fumaran un cigarrillo y rieran bonachonamente de cualquier cosa, y así parecieran suspender de facto, en inenarrable acto de psicomagia, los ardides del sistema o el propio transcurrir del tiempo. Parecía que ambos hubiesen inventado ya aquel lema, Je ne trabaille jamás, que un día del futuro se pondría de moda y tomaría muchas tapias de muchas ciudades tomadas. Quedaron mirándose, invictos y sin batalla, sabiendo que la única forma de no perder era no jugar, mientras los espectadores, enloquecidos ante la paz que consiguieran imponer los dos animales, arrancándose el cabello los muchos, abuchearon y escupieron y derraparon insensateces en su idioma de mierda, pues no podían soportar que se convirtiera en amor y en virtud lo que ellos, en sus sueños mejores, habían imaginado como cruel y muerto. Gritaron durante minutos, como en orfeón de eructos, gritaron tan largamente que los que estaban fuera de la plaza, y los vecinos de las calles adyacentes, y el barrio entero, tuvieron que taponar sus oídos. Luego, los espectadores se fueron calmando, y hasta se amorrodaron un tanto mientras iban asumiendo el bajón poquito a poco, sin entenderlo o entendiéndolo de muy malas maneras, como todas las cosas relevantes de la vida, y se les agriaba ya el carácter por eso. Salía a relucir lo peor de cada cual, el ingente mal que cada uno atesorase, las peores muecas de abulia en los más lobunos y desencajados semblantes, las más ácidas bilis recalentadas en los más necesitados buches, los más repugnantes y consistentes lapos de furia -de gripe continua, de malísimos tabacos fumados y refumados- que esputaban ahora sobre un elefante, al que ya abiertamente odiaban, y sobre un toro al que acusaban de flojindango y llamaban maricón, cobarde, sangre de horchata. Reflejándose en el cristal que suponía cualquier espectáculo pero especialmente éste, empezaban a ser conscientes de que sus vidas eran como malas ideas que se habían alongado demasiado, de que su vivir actual, y prácticamente el de siempre, no era más que el fallo de un demiurgo enfermo y senil, drogado y vulgar. Desilusionados todos, deseó la mayor parte encontrarse ahora en la tranquilidad de sus casas, en sus incómodos sillones, oliendo la sopa de coliflor de la cena: ya las parejas se gritaban desamores, los amigos de la infancia se repudiaban y los padres, los peores de entre los allí congregados, propinaban aleatorias y gratuitas golpizas a sus niños, los cuales no sabían exactamente por qué los pulían con vesania tal, aunque claro está que lo asumían sin rechistar tal y como habían hecho siempre, y que aun pensaban, en sus pequeñitas malas conciencias, que algo habrían hecho, que algo habrían de hacer antes de que acabase la tarde, para ser merecedores de aquellos punitivos. Se alongaba asi la memoria genética de la intachable violencia, que los padres habían transmitido a sus hijos desde los tiempos abisales en los que éramos monos gritando y corriendo por ahí, la memoria genética de la intachable violencia que en nada educaba, pues era esa su esencia igual que la esencia de la poesía era el consuelo, y que solamente venía a crear un odio, éste sí perfecto, redondo como bella epifanía, contra los progenitores. Sorpresivas nubes tomaron la plaza y la escena se hizo de plomo, somnoliento e irreal, y la tarde se acopló al compás de la lluvia, lluvia pura de invierno cruel y despiadado que convirtió el albero en fango y la plaza en piscina: en un espectáculo, si es que a espectáculo llegaba, de talasomaquia. Los espectadores, espoleados, redundaron entonces su griterío, con el que así parecían responder, más gregarios que nunca, al miedo que por unos momentos los había zarandeado en su propio vacío. Era miseria pura, esa miseria que subyacía a todo espectáculo que se nos ocurriera, esa senectud enferma que por igual alcanzaba a los infantes de los ojos claros y a los abuelos de alongada nariz y que debía existir ya en el proskenio y en la skené, ese mal que en un desgarro de la jornada se apoderaba de todo el koilon y que nos condenaba, sin remisión nos condenaba, a lo cobarde, a lo plúmbeo, a lo agonizante, a lo zafio y a lo vulgar pero sobre todo a lo aburrido. Todo espectáculo de masas era servidumbre, puede que fuese milenaria cultura y hasta la muerte pelona hecha estética, lo que queráis, pero antes y por encima de todo era falaz mansedumbre, la zanahoria que movía al burro, el efecto carnaza del que luego, cuando el país ya sí que no tuviese postrero remedio y fuese dado sin remisión por prenda rematada, tomarían el testigo los mil programas de televisión del futuro en los que se escarnecería muy burdamente a todos los que a ello se prestasen -cosa que resultaba lógica y comprensible, y deseable casi-, pero en los que también se haría mofa del género humano en su conjunto y totalidad. Todo espectáculo de masas era servidumbre y Sombrerito, como acogiéndose a sagrado, se acordó de nuevo de su tierra y se entristeció, sobrecogido en la morriña. El toro anónimo, Anisete, Brabuco, sabio por lo viejo, bragado por los días, lo consoló contándole la ya vieja historia -la mitología común a todos los animales presos por el sapiens, la Ilíada o la Odisea faunística de los que no habían desarrollado el pulgar oponible ni habían controlado el fuego ni alambrado campos ni fabricado imprentas (ni habrían de inventar en breve los campos de concentración, la bomba H, el plutonio empobrecido sobre los campos, el porno en internet y el fútbol como ecuménico horizonte existencial). Como si de un regalo se tratase, el toro le relató a Sombrerito el cuentito del feliz día en el que todas las criaturas, ya ovíparas ya mamíferas, ya con plumas y pico o con pezuñas y carnes magras, escaparían de las porquerizas y de las jaulas, de los gallineros y de las cuadras y de las perreras, de todos los centros de reclusión que para ellos había creado y recreado el enemigo voraz, organizado e inmisericorde como ninguno, inteligente hasta decir basta. Era una historia que el elefante, a pesar de sus pocos años y de su desconocimiento de tantísimas cosas, de prácticamente todo, reconocía como lo que era, una milonga, una mitología cristiana y comunista, literatura oral y ficcional para redención y solaz de los pobres que el astado disfrazó, con trolera pericia y piadoso fingimiento, de utopía ucrónica y a la vez de hora inexorable, de venida impepinable, de parusía casi. Tales mentirijillas sin maldad reconfortaron al elefante, a pesar de que éste no supiese pero sí llegase a intuir que el toro le mentía por piedad, como los padres que hablaban a sus hijos del ratoncito Pérez o los falsarios amantes que decían a sus enamorados las dos palabras tan preciosas como malditas. Fuen entonces cuando todos, también los animales, se dieron cuenta del fuego.
A pesar de la recia lluvia, el fuego se extendió con la celeridad de todo lo malo y convirtió rápidamente la plaza en un horno crematorio, en una trampa mortífera de la que los despistados y los lentos no podrían ya nunca salir y de la que los más rápidos y jóvenes, como actores que se hubieran confundido de obra, intentaban omitirse. Unos y otros, en su huida, se tropezaban con los que se colaban furtivos en el recinto, que aprovechaban así el caos reinante pero que se mostraban, en evidencia, ignorantes de la celada en la que por voluntad propia se metían. Las pijas de los graderíos nobles eran rápidamente evacuadas por sus galantes esposos, los niños eran transportados como si fueran de porcelona y los picoletos disparaban sus revólveres al aire y gritaban me cago en el misterio, o no aguanto este sindios y cosas así, y lo hacían como si con su voz cazallera quisieran parar el viento, el fuego, el caos y la Historia misma. Los empresarios del evento, hasta la médula crematísticos, pensaron que hubiera estado mejor que el espectáculo concluyese tal y como se había previsto, con la muerte de un elefante desangrado en mitad de la oblonga arena, pero no es menos cierto que a continuación -usureros gentiles de intacto prepucio, ausente de sus horizontes existenciales el miedo al progromo- pensaron que ya habían cobrado todo lo que tenían que cobrar, que el leitmotiv de aquel sainete fantasioso era cobrar dinerito fresco y que éste ya se había cobrado. Se miraron apenas entre sí, como lobos que silbando entre los colmillos amarillentos pretendieran disimular que conformasen una muy bien organizada manada, y luego la mayoría de ellos se largó a sus mansiones cantando bajito, tira para adelante, chiquilla, que aquí no ha pasado nada, vámonos para casa, Margarita, o Mercedes, Piluca, Borjita, que la tata seguro que habrá hecho chocolate caliente y además tenéis los deberes del colegio y las oraciones del domingo, anda, vámonos que aquí a estas horas ya no quedan más que putas y maricones. Eran, de sobra lo sabían y se la sudaba, ladrones de algo que no se podía precisar, bandidos de algo que en todo momento estaba relacionado con el futuro, con el de todos, y por ello, y como tales descuideros, se mostraban también un poco medrosos, tal vez, de que alguien les buscara las cosquillas por el final de trifulca de aquel evento, proyectado en su origen como finura artística, maravilla de los tiempos, ya se dijo, pero concluido en fuego, en chatarra y y fango y sangre, en quijadas de Caín que zumbaban en el aire y golpeaban el hueso y eran como diamantinos garrotes que golpeasen un bloque de viscosa gelatina. Se hablaban a sí mismos los empresarios del evento, al fantasma que los habitaba y que les impedía que se volasen la cabeza con sus escopetas de caza en un momento tonto. Con esa especie deteriodada y periclitada de conciencia decidían, pito, pito, gorgorito, a quién de entre sus iguales correlegionarios echarían el muerto llegado el caso, pues, en contra de lo que puedan pensar los cándidos y bienpensantes, entre los potentados -ya fuesen éstos hijos y nietos de potentados o nuevos explotadores que apenas supiesen disimular todavía su hosquedad de campesinitos venidos a más- la conciencia de clase era exactamente la misma que entre los desposeídos: la justa cuando se oteaban manojos de billetes en el horizonte, radiante por siempre, del libre mercado, y ninguna en el resto de las ocasiones, por ejemplo a la hora de compartir un picnic en las alamedas o en el momento de arropar a los hijos. Así que se piraron, desaparecieron, se volatilizaron como ectoplasmas, mucho antes de que en la plaza se sofocasen los últimos fuegos y se detuviese a los últimos maleantes que por allí, como hienas, todavía pululaban. Sombrerito y el toro se relajaron definitivamente, benditos mecidos en la cuna del candor, y disfrutaron así de la eternidad, de su frescura eterna, como venturosos creyentes de cualquier recosida religión, y olvidaron prestos a los demás seres vivos que respiraban y se quemaban y envejecían y no terminaban de fenecer dentro de aquel garito de mierda. Hablando su código, el lenguaje que lo fuera en su día de todo el unívoco cosmos y que convertía todo lo cognoscible en una gloriosa y dulce pero sobre todo única cosa, Sombrerito y Anisete o Brauco dejaron correr la tarde contándose chistes privados, adivinanzas y chascarrillos, habladurías de las granjas y rumores de zoológico. Sabían, lo sabían sin pensarlo y sin que nadie se lo dijera jamás, que todos ellos habían compartido pesebre en los lejanos días del Arca y que antes, muchísimo antes, toda la materia, con ulterioriedad hecha ser vivo o echa piedra, había un día coexistido, apiñada a unos niveles de ciencia ficción, en las estrecheces abisales inmediatamente previas al Big Bang. Se escuchaban sus francas carcajadas, dicen, por medio Madrid, y eran éstas de victoria y no de desquite, de liberación, de transmigración hacia un algo mejor que era bello manque triste. Inhibidos, desactivados en rededor, estupidizados y sin redención posible, más bobalicones que nunca y sin otra opción ya entre manos que no fuese la de volverse calladitos y con el rabo entre las piernas a sus casas, quedaron con hambre los sanguinarios. Nadie lo advirtió porque para entonces la temprana noche de febrero, que diríase no se esperaba ni a sí misma, se había echado su manto de oscuridad. Nadie lo advirtió y a nadie importó, los listillos siguieron sometiendo a los papanatas y la piedra sobre la que viajamos siguió girando endiablada a través del universo. Nadie lo advirtió y a nadie le importó, pero un perro escueto, negro, lobuno en la sonrisa y alegre en trote, estuvo rondando por el aledaño de la plaza todo lo que restaba de tarde y toda la noche, y todavía en la mañana siguiente. Sabía que nadie podía acusarle de nada. Ladraba una misma palabra, una misma idea o un mismo concepto, que parecía repetírse a sí mismo.
Estepa/Sevilla/Granada/Barcelona
11 de octubre de 2015 - 21 de marzo de 2018
